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La Coctelera

Categoría: MATERIAL DE ESTUDIO

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UN CASO CLINICO PARA ANALISIS ETICO

Luis es un hombre de 82 años de edad, viudo, que es traído a la consulta por uno de sus hijos, en cuya casa vive, debido a que presentó un desmayo 24 horas atrás.

El interrogatorio demuestra cansancio fácil desde hace 6 meses, deposiciones de color oscuro en forma ocasional, plenitud postprandial moderada, baja de peso no cuantificable. Al momento del examen físico esta conciente, lúcido, orientado, responde adecuadamente a las preguntas, su índice de masa corporal es de 22, sus signos vitales son normales así como su examen neurológico, se encuentran conjuntivas pálidas y dolor en área epigástrica .

Es sometido a exámenes de laboratorio, en los que se evidencia anemia intensa y sangre oculta positiva en las heces. Se le solicita una endoscopia digestiva alta la que demuestra una masa tumoral en el antro gástrico sin signos macroscópicos de sangrado activo. Se toma una biopsia la misma que reporta adenocarcinoma gástrico. Se efectúa una ecoendoscopia que demuestra inflitración del tumor hasta la unión de la muscular con la serosa, sin ganglios patológicos aparentes.

El medico tratante habla con los hijos de Luis, les indica los resultados de la biopsia y les dice que el enfermo debe ser operado a la brevedad posible, pues un nuevo sangrado sería fatal para el paciente. Los hijos piden que no se le informe del diagnóstico al paciente porque dicen que si él sabe que tiene cáncer no lo soportaría, y le comentan al médico que hace muchos años le había dicho a su fallecida esposa que, si alguna vez le diagnosticaban una enfermedad incurable ,él se mataría. Están de acuerdo con la operación , pero piden al medico que le diga a Luis que solo tiene una úlcera.

El medico se encuentra indeciso ante esta petición , pero finalmente acepta y solicita que sean entonces los hijos los que firmen el consentimiento informado para la operación, cosa que ellos hacen. Luis nunca preguntó al medico sobre su condición y cuando se le informó que tenía que operarse a la brevedad posible asintió calladamente sin averiguar más.

Cual sería su opinión ética ante este caso?

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EL CONSENTIMIENTO INFORMADO ( Primera Parte)

Un derecho del enfermo y una forma distinta de tomar las decisiones

Dr. Miguel Á ngel Sánchez González

Profesor titular del Departamento de Salud Pública e Historia de la Ciencia- Facultad de Medicina, Universidad Complutense de Madrid.

Artículo tomado de los Cuadernos del Programa Regional de Bioé tica N° 2 Abril de 1996 - Organizació n Panamericana de la Salud

RESUMEN

El Consentimiento Informado se ha constituido en un nuevo ideal de la autonomía y racionalidad. Es una expresió n de las profundas transformaciones de la Medicina y en la Sociedad Occidental. Ha sido la superació n del paternalismo, otra manifestació n de la sociedad, pluralista,

autonó mica , democrática. Se explican los límites del consentimiento informado. En general, es más necesario cuánto menos urgente es el tratamiento y cuánto más experimental. La informació n necesaria para el Consentimiento se limita a la que pueda ser precisa para tomar una decisió n

concreta. Se explica esquemáticamente y docentemente las condiciones de la informació n para una buena decisió n por parte del paciente. Existe una relació n directa entre el grado de competencia de un paciente y la gravedad o trascendencia de la decisió n.

Se concluye que la práctica del Consentimiento Informado puede abrir la comunicació n del mé dico y su paciente. Su práctica inadecuada puede introducir nuevos inconvenientes de difícil solució n. Las Leyes só lo reconocen y sancionan un fenó meno que no es puramente jurídico. Hay que entender el Consentimiento Informado como un nuevo ideal hacia la promoció n de la autonomía de los pacientes. Por tanto, debe ser entendido como una relació n más plena para el profesional sanitario.

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UNA FORMA NUEVA DE ENTENDER LA RELACIÓ N CON EL PACIENTE.

El Consentimiento Informado ha llegado a constituir una exigencia é tica, y un derecho recientemente reconocido por las legislaciones de todos los países desarrollados. El Consentimiento Informado aparece como un nuevo ideal de autonomía y de racionalidad. Y, como todos los ideales generales, sirve para orientar los actos aún cuando no pueda realizarse por completo. Esta nueva forma de entender la relació n del mé dico con el paciente ha surgido como consecuencia de profundas transformaciones en la Medicina y en la Sociedad Occidental. Es la expresió n de una nueva cultura de la Informació n y el Pluralismo. Por todo ello constituye constituye un valor que los profesionales de la medicina ya no podemos dejar de tener en cuenta.

En primer lugar conviene señalar que el Consentimiento Informado es una forma radicalmente distinta de entender el problema de quién toma las decisiones médicas.

¿ QUIÉN DEBE TOMAR LAS DECISIONES MÉDICAS ?

Hasta hace muy poco tiempo, la toma de decisiones mé dicas había dependido del criterio exclusivamente del mé dico. Los mé dicos debían intentar por todos los medios aplicar los tratamientos indicados. Para ello podían manejar u ocultar la informació n, valerse del engaño e incluso a veces de la coacció n. Todo ello, naturalmente, con el noble propó sito de beneficiar al enfermo. Pero en los últimos años se ha comenzado a pensar que el paciente debe participar en la toma de decisiones mé dicas. El paciente debe poder decidir de acuerdo con sus propios valores y prioridades, que pueden no coincidir con los del mé dico. Este es dl derecho que pretende reconocer el Consentimiento Informado. Ahora bien, este nuevo ideal de participació n del enfermo obliga a reestructurar tosa la relació n mé dico-enfermo (1).

EL PATERNALISMO ESTÁ SIENDO SUSTITUIDO POR EL AUTONOMISMO.

Recordemos que el modelo fundamental de la relació n mé dico-enfermo había permanecido casi inmutable desde la Antigüedad. El antiguo modelo exigía al enfermo obediencia y confianza en el mé dico. Y el mé dico, por su parte, debía mantener una autoridad fuerte para cumplir con su deber de buscar el máximo beneficio objetivo del enfermo. A este deber se le llama actualmente "Principio de Beneficencia".

En los últimos años este tipo de relació n mé dico-paciente ha comenzado a experimentar una transformació n radical. Ahora el enfermo espera que se respeten sus derechos y su autonomía para decidir. Y al mé dico le pide, sobre todo, competencia té cnica para realizar las aspiraciones y los deseos dl enfermo. Se suele definir este cambio como la evolució n desde un modelo clásico Paternalista hacia un nuevo modelo más Autonomista.

¿ QUÉ ES EL PATERNALISMO ?

La esencia del paternalismo es :"la búsqueda del bien de otra persona desde un nivel de preeminencia que permite prescindir de la opinió n de esa otra persona". Y esto ha sido el fundamento del "Principio de Beneficencia al enfermo", que siempre ha formado parte de la tradició n mé dica. El paternalismo, aplicado a la relació n mé dico-enfermo puede ser definido de la siguiente manera: "el paternalismo mé dico es la tendencia a beneficiar o a evitar daños a un paciente atendiendo a los criterios y valores del mé dico antes que a los deseos u opciones del enfermo "competente". No considera necesario informar siempre al enfermo, y el consentimiento de é ste puede incluso ser pasado por alto si el caso lo requiere".

El concepto decisivo en esta definició n es el de "enfermo competente" para decidir. Es importante darse cuenta de que el dictamen sobre la competencia de un enfermo depende a su vez del grado de paternalismo del mé dico. Por ello resulta necesario complementar la anterior definició n ofreciendo un criterio de medida del grado de paternalismo del mé dico. Este criterio de medida puede ser el siguiente: Una buena medida del grado de paternalismo de un mé dico viene dada por por el porcentaje de sus enfermos a los que é l mismo no considera competentes para tomar las decisiones o maduros para recibir todo tipo de informació n. Según este último criterio, el 100 sería la medida del "paternalismo absoluto" y el cero la del autonomismo a ultranza".

Tradicionalmente los mé dicos se habían reservado el derecho de fijar este porcentaje, y han solido fijarlo muy alto, de modo que una gran mayoría de enfermos eran considerados "incompetentes" en la práctica. En el nuevo modelo autonomista el principio de beneficencia del mé dico tropieza con las limitaciones impuestas por el reconocimiento de la autonomía que tiene el enfermo para decidir según sus propios valores.

LA SUPERACIÓ N DEL PATERNALISMO HA SIDO EL RESULTADO DE UN LARGO PROCESO HISTÓ RICO.

La superació n del paternalismo ha sido el resultado de un largo proceso histó rico que ha venido afectando desde la Edad Moderna a todo tipo de relaciones humanas. Y que ha llegado finalmente a la Medicina (2). Durante las Edades Antigua y Medieval el arquetipo de todas las relaciones humanas era "vertical" y estaba inspirado en la relació n padre con sus hijos. En la Edad Moderna comenzó a considerarse ideal otro tipo de relació n más horizontal. Y los modelos paternalistas fueron desapareciendo sucesivamente, primero en la religió n y despué s en la política.

Los escritos de John Stuart Mill suministraron una importante base teó rica contra el paternalismo. En 1859 este filó sofo llegó a afirmar: " La única libertad que merece este nombre es la de buscar nuestro propio bien, por nuestro camino propio, en tanto no privemos a los demás del suyo... Sobre sí mismo, sobre su propio cuerpo y espíritu el individuo es soberano" (3).

Este movimiento pluralista, autonomista y democrático ha inspirado a las sociedades occidentales desde hace varios siglos. Pero no había llegado a la actividad mé dica hasta fechas muy recientes. El acceso de los enfermos al control de la informació n y la decisió n es la vía por la que ha llegado a esa mentalidad moderna la Medicina. Expresiones de esta mentalidad son las "DECLARACIONES DE LOS DERECHOS DE LOS ENFERMOS" y en particular, la doctrina del "CONSENTIMIENTO INFORMADO".

EL CONSENTIMIENTO INFORMADO ES UNA DOCTRINA SURGIDA EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX (4)

La primera vez que se aplicó legalmente el té rmino "Consentimiento Informado" a la relació n mé dico-paciente fue en 1957. Ocurrió en un juicio en el que se juzgaban las responsabilidades por una paraplejía producida por una aortografía translumbar, cuyos riesgos no habían sido advertidos previamente al paciente. Un juez estadounidense sentenció al respecto:

" Un mé dico viola su deber hacia su paciente y es sujeto de responsabilidades si no proporciona cualquier datos que sea necesario para fundamentar un consentimiento inteligente al tratamiento propuesto... En la discusió n de los riesgos se debe emplear una cierta dosis de discreció n consistente con la completa revelació n de los hechos que es necesaria para un Consentimiento Informado" (5).

Dicha sentencia sentó una importante jurisprudencia, si bien dejó muchas cuestiones sin resolver acerca de los modos concretos de entender y de aplicar el concepto de Consentimiento Informado.

Fuera de los Estados Unidos, la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa aprobó en 1976 un documento que reconocía el derecho a la informació n entre los derechos básicos de los enfermos. Y ha sido en los años ochenta cuando han ido desarrollándose las distintas legislaciones nacionales sobre Consentimiento Informado. En España la Ley General de Sanidad de 1986 reconoce el derecho del enfermo al Consentimiento Informado. Esta Ley, en su artículo dé cimo establece que todos los pacientes tendrán derecho "a la libre elecció n entre las opciones que le presente el responsable mé dico de su caso, siendo preciso el previo consentimiento escrito del usuario para la realizació n de cualquier intervenció n" (6).

Así pues el consentimiento informado es, tras todos estos desarrollos histó ricos, un derecho humano individual que debe añadirse a la lista clásica junto a los derechos a la vida, la salud, la libertad y la propiedad.

El Consentimiento Informado es el elemento central de la relació n mé dico paciente en el nuevo modelo autonomista de asistencia mé dica.

A continuació n intentaré aclarar algunos conceptos relativos al Consentimiento Informado y a los formularios escritos de Consentimiento que han comenzado a ser preceptivos en las instituciones sanitarias españolas.

EL CONCEPTO DE "CONSENTIMIENTO INFORMADO"

El Consentimiento Informado de un enfermo es la aceptació n racional de una intervenció n mé dica o la elecció n entre cursos alternativos posibles. O, en otros palabras: Consentimiento Informado es la aceptació n de una intervenció n mé dica por un paciente, en forma libre, voluntaria, consciente, despué s que el mé dico le haya informado de la naturaleza de la intervenció n con sus riesgos y beneficios, así como de las alternativas posibles con sus posibles riesgos y beneficios.

Claro está que para sumir este consentimiento el paciente debe reunir ciertas condiciones:

1) Disponer de una informació n suficiente.

2) Comprender la informació n adecuadamente.

3) Encontrarse libre para decidir de acuerdo a sus propios valores.

4) Ser competente para tomar la decisió n en cuestió n.

Todo ello constituye un objetivo ideal al que se debe tender en el seno de una auté ntica comunicació n con el enfermo. El Consentimiento Informado só lo se logra como resultado del proceso de diálogo y de colaboració n en el que se intenta tener en cuenta la voluntad y los valores del paciente. De esta manera, es evidente que el Consentimiento Informado no puede reducirse a una recitació n mecánica de los hechos estadísticos, ni a la firma de un formulario de autorizació n.

Ahora bien, "Consentimiento" es un té rmino que en castellano no refleja bien la idea en cuestió n. Si no fuera porque el uso del té rmino está ya consagrado por la literatura anglosajona, al Consentimiento Informado sería preferible llamarlo el derecho a la "decisió n informada" o a la "elecció n informada". Por otra parte, para que no parezca que el paciente, por "consentir" está concediendo algo a los intereses particulares del mé dico, habría que denominarlo más bien: el "derecho a la petició n y al rechazo informado de tratamientos".

LOS LÍMITES DEL CONSENTIMIENTO INFORMADO

El Consentimiento Informado es un derecho del enfermo. Pero no es un derecho ilimitado, y no significa que los pacientes puedan imponer al mé dico cualquier cosa que deseen.

La profesió n mé dica y la sociedad en su conjunto pueden imponer ciertas restricciones a la capacidad de elecció n de los pacientes. Los mé dicos no tienen obligació n de realizar intervenciones dañinas para el enfermo o que sean mé dicamente inútiles y, ló gicamente, tampoco tienen que informara acerca de las mismas. Las normas de la buena práctica mé dica tambié n imponen ciertas restricciones. Las consideraciones puramente té cnicas corresponden exclusivamente al mé dico. Y una vez que el paciente acepta una intervenció n, la "lex artis" establece có mo tendrá que realizarse é sta.

La sociedad puede además establecer límites a la capacidad de elecció n de los pacientes, por razones de justicia distributiva. Así, por ejemplo, puede limitar el libre acceso a determinadas alternativas terapé uticas que sean excesivamente costosas, aún cuando estuvieran mé dicamente indicadas.

OBLIGATORIEDAD DE OBTENER EL CONSENTIMIENTO INFORMADO.

En principio, el Consentimiento Informado es necesario siempre. Pero la obligació n é tica y legal de obtenerlo explícitamente puede ser mayor o menor dependiendo de las circunstancias del caso. De modo que un Consentimiento explícito será tanto más aconsejable cuanto mayores sean los riesgos de la intervenció n y cuanto menor, o más dudosa, sea la proporció n entre el beneficio y el riesgo. Y en general, el consentimiento será tanto más necesario cuanto menos urgente y más experimental sea el tratamiento.

Existen incluso ciertas situaciones en las que se puede prescindir de la obtenció n del consentimiento informado. Los casos en los que la obtenció n del consentimiento no es posible, o no es recomendable son los siguientes:

1) Urgencia: que obliga a actuar sin tiempo para obtener un Consentimiento Informado.

2) Privilegio terapéutico del médico: son aquellos casos en los que a juicio del mé dico, la mera informació n puede resultar seriamente perjudicial para el curso de la enfermedad. Tradicionalmente este privilegio abarcaba a la inmensa mayoría de los enfermos, pero recordemos que al frecuencia con la que un mé dico este privilegio depende de su propio grado de paternalismo. En el momento presente este privilegio no debe ser utilizado sistemáticamente y só lo puede ser invocado en cada caso con una justificació n particular.

3) Pacientes incompetentes o sin capacidad para decidir: los cuales, por definició n, no pueden otorgar un consentimiento válido. No obstante, es importante señalar que la competencia para decidir admite grados. Un mismo paciente puede ser competente para decidir ciertas cosas y no serlo para decidir otras. De modo que, cuanto más trascendente o delicada sea una decisió n, mayor debe ser el nivel de competencia exigible.

4) Renuncia expresa del paciente: El paciente puede, si quiere, renunciar a la informació n y dejar voluntariamente que otros decidan por é l. En este caso debe existir algún familiar o sustituto legal dispuesto a asumir la responsabilidad de las decisiones. El paciente tambié n tambié n podría designar para ello al propio mé dico.

5) Tratamientos exigidos por la ley: en los casos que presentan un peligro para la salud pública. Así se justifica la obligatoriedad de ciertas pruebas diagnó sticas, vacunaciones y tratamientos forzosos.

6) Posibilidad de corregir una alteració n inesperada en el seno de otra intervenció n programada. Como, por ejemplo, un tumor o una malformació n que se encuentra en el curso de una laparatomía que había sido indicada por otras razones.

FUNCIONES QUE CUMPLE EL CONSENTIMIENTO INFORMADO (7)

El derecho al Consentimiento Informado se deriva del derecho que tiene todo ciudadano a la libre autodeterminació n. Ejerce dos funciones primarias:

1) promover la autonomía de los individuos,

2) Fomentar la racionalidad en la toma de decisiones mé dicas (lo cual se consigue gracias a la necesidad de hacer explícita la justificació n de las decisiones),

3) Proteger a los enfermos y a los sujetos de experimentació n,

4) Evitar el fraude y la coacció n,

5) Alentar la autoevaluació n y el autoexamen en los profesionales de la medicina,

6) Disminuir recelos y aliviar temores,

7) Introducir en la medicina una mentalidad más probabilista y más capaz de hacer frente a la incertidumbre.

ARGUMENTOS QUE HAN SIDO USADOS EN CONTRA DEL CONSENTIMIENTO INFORMADO

Por otra parte tambié n existen argumentos contrarios, utilizados por quienes todavía se oponen a que el paciente tenga un papel primordial en la toma de decisiones. Los argumentos tradicionales utilizados más frecuentemente son los siguientes :

1.- El paciente no puede comprender adecuadamente la informació n.

2.- El mismo mé dico rara vez conoce los datos con la precisió n y la certeza que requieren los pacientes.

3.- los enfermos no desean, en el fondo, ser informado de las malas noticias.

4.- La informació n suele asustar desproporcionadamente al paciente y puede inducirle a rechazar intervenciones que só lo conllevan un riesgo mínimo.

5.- Conocer la verdad desnuda y las limitaciones que tiene el mé dico priva al paciente del efecto placebo que suministran la esperanza y la confianza.

Todos estos argumentos encierran, desde luego, algunos elementos dignos de consideració n. Pero en su conjunto pueden verse como la expresió n de un punto de vista tradicional antiguo. Y, desde un punto de vista estrictamente ló gico, parecen racionalizaciones y justificaciones de una práctica preestablecida, más que por razones objetivas para mantenerla.

En el momento presente puede decirse que el médico tiene el deber de informar suficientemente al paciente y educarle para que sea capaz de tomar una decisió n coherente con sus propios valores.


LAS CONDICIONES QUE DEBE REUNIR EL PACIENTE

Recordemos las cuatro condiciones que debe reunir un paciente para que sus decisiones sean racionales y autó nomas.

1.- Informació n suficiente.

2.- Comprensió n adecuada de la informació n.

3.- Libertad para decidir según los propios valores.

4.- Capacidad para decidir.

Y analicemos seguidamente cada uno de estos requisitos.

1) ¿CUÁ NTA INFORMACIÓ N SE DEBE SUMINISTRAR ?

Se necesita una cierta informació n para tomar decisiones racionales. Pero es importante darse cuenta que una cosa es el derecho a la informació n en general, y otra cosa distinta el derecho al consentimiento. Son dos derechos diferentes, aunque relacionados (8). Un mé dico puede suministrar una amplia gama de informació n pero no todo ella es necesaria para el consentimiento.

Hay ciertas clases de informació n que pueden servir para satisfacer otros derechos, entre ellos:

1.- El derecho a una educació n sanitaria que permita al paciente colaborar y responsabilizarse de su propio proceso.

2.- El derecho general a conocer la verdad sobre su estado.

3.- El derecho a establecer una relació n confiada y humanamente satisfactoria con el profesional de la salud.

La informació n necesaria para el Consentimiento se limita a la que pueda ser necesaria para tomar una decisió n concreta. No es necesario que el paciente conozca los fundamentos científicos ni las razones té cnicas de la intervenció n en cuestió n. Necesita, sobre todo, poder efectuar un balance entre las cargas y los beneficios que la intervenció n tienen para é l.

De esta forma, EL CONTENIDO DE LA INFORMACIÓN NECESARIA PARA EL CONSENTIMIENTO es básicamente el siguiente:

1.- Descripció n de la intervenció n que se ofrece y de los objetivos que se persiguen con ella.

2.- Molestias y riesgo más significativos por su frecuencia o por su gravedad (pero no necesariamente todos ellos).

3.- Beneficios esperables con su grado aproximado de probabilidad.

4.- Alternativas factibles si es que las hay.(Excluyendo los tratamientos claramente inútiles o fútiles).

5.- Curso espontáneo que tendría el padecimiento del enfermo, y las consecuencias de dejarlo sin tratar.

6.- Opiniones y recomendaciones del mé dico.


Ahora bien, el grado de exhaustividad y completud con que se puede informar de todos estos puntos es muy variable según el criterio que se adopte. Surge entonces el problema de precisar la cuantía de la informació n que se considera suficiente. Hasta ahora no se ha llegado a un acuerdo sobre el criterio a seguir. Los distintos tribunales han venido reclamando tres diferentes criterios de suficiencia y validez de la informació n.

1.- La práctica médica habitual: Considera que la cuantía de informació n a suministrar es la que la práctica mé dica habitual ha llegado a consagrar de hecho. Es la informació n que un mé dico competente suele habitualmente suministrar en el seno de una determinada comunidad o especialidad.

2.- La persona razonable : Cuando se adopta este criterio se intenta suministrar la informació n que una persona razonable necesitaría conocer para tomar la decisió n en cuestió n.

3.- La individualidad del enfermo en cuestió n : (tambié n llamado criterio subjetivo): Intenta tener en cuenta las peculiaridades de cada paciente, con vistas a suministrar toda la informació n específica que é l pueda necesitar.

En el momento presente carecemos, la mayoría de las veces, de una práctica mé dica habitual inequívoca y actualizada en materia de Consentimiento. Parece recomendable, por tanto, atenerse en lo posible al criterio de la persona razonable.

2) EL PACIENTE ¿ COMPRENDE LA INFORMACIÓ N ?

No só lo es necesario que la informació n sea suficiente en cantidad. Tambié n es preciso que esa informació n sea adecuada a la capacidad de comprensió n del paciente (9), con vistas a suministrar toda la informació n específica que é l pueda necesitar. Existe una dificultad de comprensió n "objetiva", que el mé dico debe solucionar evitando los tecnicismos y utilizando un lenguaje asequible. Y existe tambié n una dificultad de comprensió n "subjetiva", ligada a la mayor o menor capacidad de comprensió n de cada paciente. En los casos en que esta dificultad subjetiva sea insuperable, el Consentimiento Informado será imposible. Y este es uno de los motivos que obligan a considerar a un paciente como incompetente para decidir.

Por ello es imprescindible que el profesional se asegure de que el paciente comprende la informació n. Debe, además, invitarle a hacer preguntas para que la comunicació n sea lo más efectiva posible. Y recordando que el objetivo no es conseguir que el paciente sepa tanto como el mé dico, ni que lo sepa de la misma forma. El objetivo es procurar que el enfermo adquiera una impresió n realista sobre su propio estado y una valoració n adecuada de las alternativas que se le ofrecen.

FIN DE LA PRIMERA DE DOS PARTES

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LECCIONES DE BIOETICA - UNIVERSIDAD DE BARCELONA ( CAPITULO 3)

PRINCIPIOS DE BIOETICA

Dr. Jordi Ferre

1- PRINCIPIOS DE BENEFICENCIA Y NO MALEFICIENCIA

En 1979 Beauchamp y Childress publican el libro “Principios de Ética Médica”, inspirándose en buena parte en el informe Belmont de 1978, que recogía los trabajos realizados por una comisión del Congreso norteamericano para elaborar una guía acerca de los criterios éticos que debían guiar la investigación con seres humanos. En este texto se presentan los principios de beneficencia, justicia y autonomía que, según los autores, deben regir las decisiones éticas en las ciencias de la salud. Estos principios que denominan “prima facie”, definen la bioética “principalista”, cuyo desarrollo ha impulsado notablemente la creación de comités éticos, pero cuya debilidad estriba en decidir qué principio tiene prioridad cuando éstos entran en conflicto.

El principio de beneficencia establece que el profesional de la salud debe siempre procurar el bien de sus pacientes. Esto significa que médicos, estomatólogos, odontólogos, etc. como profesionales precisamente del sector de servicios de la salud, los bienes que deben ofrecer a los usuarios de sus servicios son procurar por la salud, la prevención, eliminación o control de enfermedades y lesiones, alivio de dolores , sufrimientos innecesarios, mejora de minusvalías y prolongación de la vida.

Íntimamente asociado al principio de beneficencia está el principio de no maleficencia, que establece la necesidad de evitar el mal, en nuestro caso evitar la enfermedad, las lesiones, los dolores, sufrimientos innecesarios, minusvalías y muerte prematura. El profesional no debe dañar nunca a sabiendas.

Históricamente se ha visto siempre que la relación entre paciente y profesional es una relación asimétrica, en la que el temor e ignorancia del paciente se encuentra con la seguridad y la ciencia del profesional. También se ha dicho que es el encuentro de una confianza con una conciencia. De hecho, hasta hace bien poco, ha sido siempre el profesional quien, guiado por sus conocimientos, ha decidido los tratamientos a realizar con el confiado beneplácito de los pacientes.

Podríamos decir que el principio de beneficencia ha sido el dominante en el ejercicio profesional hasta que frente a él se han alzado los principios de autonomía y justicia. Los profesionales han buscado la curación de sus pacientes en base a su ciencia y su conciencia, en base al saber médico y al código deontológico.

Sólo recientemente, ante el enorme desarrollo científico-técnico que ha puesto en manos de los profesionales medios tan eficaces como costosos, se ha optado por compartir las decisiones con los pacientes, su entorno y la sociedad en general.

En la tradición médica existe la frase " primum non nocere", lo primero no dañar, que expresa la prudencia en el ejercicio profesional de modo que no se perjudique al paciente con tratamientos dudosos o innecesarios.

Este es un aspecto especialmente delicado: el profesional no debe incitar el consumo de servicios de salud innecesarios o particularmente costosos en la búsqueda de su interés económico, el único interés que debe buscar el profesional es el beneficio del paciente, de cuya satisfacción vendrá como consecuencia, la justa retribución de honorarios.

Igualmente es prudente remitir al paciente a un compañero en caso de que, por cualquier motivo, el profesional no se considere en situación de tratarlo adecuadamente.

La formación continuada del profesional le ayudará a saber ofrecer a sus pacientes un tratamiento de la máxima calidad.

El profesional dispone de un gran poder de manipulación, pero debe renunciar a ser un dominador de sus semejantes para establecerse como un servidor.

El servicio del profesional de la salud consiste ordinariamente en la conjunción de disponibilidad, competencia y respeto, con la que acude en ayuda de quien le necesite. En ocasiones extraordinarias debe ser también altruista en beneficio del prójimo.

Esta disposición no puede degenerar en sumisión a las órdenes de poderes públicos o pacientes que piensan que el profesional es un técnico cualificado que ejecuta los encargos que se le ordenan.


2- PRINCIPIO DE AUTONOMÍA

El principio de autonomía, también denominado de autodeterminación o gobierno propio, proclama que se debe contar con la opinión del paciente a la hora de tomar decisiones. El paciente emitirá su opinión en base a sus creencias personales y a la información que reciba del profesional, aquí se involucran el consentimiento informado y el deber de informar verazmente.

El principio de autonomía limita el principio de beneficencia en el sentido de que el profesional, a pesar de estar llevado por su buen quehacer, no puede sin más realizar sus actos diagnósticos o terapéuticos tal como le indique su creencia y su conciencia, sino que debe contar con el beneplácito del paciente para su realización.

Algunos de los elementos que contempla el principio de autonomía son los siguientes:

-La libertad de elección de médico y centro hospitalario, puesto que la confianza mutua entre profesional y paciente es condición necesaria para la eficacia.

-El médico respetará las convicciones del enfermo o allegados y se abstendrá de imponerle las propias.

-El médico actuará siempre con corrección, respetando con delicadeza la intimidad del paciente. Este punto contempla desde no invadir la privacidad de modo morboso preguntando en la anamnesis detalles que no incumben al diagnóstico hasta, tal como contempla el Juramento Hipocrático, respetar el cuerpo del paciente, que permite su examen en la exploración física con fines diagnósticos.

-Los pacientes tienen derecho a recibir información sobre el diagnóstico, pronóstico y posibilidades terapéuticas de su enfermedad; y el médico debe esforzarse en facilitársela con las palabras adecuadas. De forma que el paciente pueda optar entre rechazar el tratamiento ofertado o decidir entre varias alternativas.


2.1 CONSENTIMIENTO INFORMADO

El término “consentimiento informado” fue introducido por primera vez en la jurisprudencia norteamericana a raíz de la sentencia del caso Salgo vs Leland Stanford en 1957. Se entiende por consentimiento informado el permitir una cosa, conceder que se haga o existencia de conformidad de voluntad entre dos partes, en este caso del paciente y del profesional sanitario que, previamente, ha informado a aquel de todas las posibilidades que implican esa decisión.

El consentimiento del paciente debe contemplar los siguientes elementos:

- Capacidad: es la aptitud para realizar actos con trascendencia jurídica. Se presume que la poseen los mayores de edad (18 años en nuestra legislación) y puede estar restringida, como en caso de enfermos mentales, o anulada, como en situaciones de anestesia o coma.

- Titularidad: el que consiente debe ser el titular del bien o del derecho de que se pretende disponer con los actos.

- Libertad: para que las voluntades se manifiesten adecuadamente es preciso que exista libertad por ambas partes y libertad que puede estar restringida por la intimidación, coacción, etc.

- Objeto: es el bien disponible sobre el que recae la acción de los sujetos.

- Causa del consentimiento: es lo que se quiere conseguir, el objeto que se persigue con la realización del acto.

- Forma del consentimiento: puede ser tácito, oral o escrito.

- Tiempo del consentimiento: debe coincidir con el momento de la acción, lo que en el caso de la Odontología se refiere al período de estudio y tratamiento de un determinado proceso patológico, no siendo válido el consentimiento dado en una ocasión determinada para actos que vayan a efectuarse bastante tiempo después.

El consentimiento no se requiere en casos de urgencia ni en aquellas circunstancias en las que la no intervención lleva consigo un riesgo para la salud pública.

El consentimiento debe solicitarse siempre que exista algún riesgo para el paciente.Históricamente, cabe distinguir las siguientes fases:

-Período anterior a 1941: nada se precisaba en relación al consentimiento médico, bastaba con el consentimiento tácito.
-Período entre 1941 y 1957: este período está marcado por el caso Schloendorff en que se procedió a la extirpación de un tumor previa manifestación de un paciente en el sentido de que no quería ser operada. A partir de la sentencia de este caso se podía considerar delito y negligencia el no poseer el consentimiento y más aún en ir en contra de la voluntad del paciente.
-Período entre 1957 y 1972: este período estuvo marcado por el caso Berkey vs Anderson. El Dr. Anderson realizó una mielografía con fines diagnósticos y hubo complicaciones posteriores. La sentencia estableció que es deber del médico explicar la técnica prevista y sus posibles consecuencias, así como obtener el consentimiento informado del paciente.
-Período posterior a 1972: viene marcado por el caso Canterbury vs Spence en el que el paciente operado de una laminectomía se cayó de la cama, sufriendo una lesión de graves consecuencias. A partir de entonces el médico debe extender su información a los pacientes en lo relativo a las limitaciones con que pueden quedar, nuevos riesgos, género de vida que deben observar y otros peligros.

Existe cierta discrepancia respecto a quien debe solicitar el consentimiento. Si bien se suele pensar que debe ser el especialista que realiza cada acto diagnóstico o terapéutico, algunos opinan que quizá debiera ser el médico de cabecera, pues tiene una visión más global de la situación del paciente.

El formato del consentimiento no debe ser ni muy general, de forma que sea firmar una especie de cheque en blanco, ni excesivamente concreto, de forma que busque más la defensa del profesional que la información del paciente.

Es muy importante que el texto o la información se hagan en un lenguaje claro y comprensible para el paciente.

En el caso de los menores de edad o disminuidos psíquicos, será el responsable legal quien otorgue consentimiento.


3- PRINCIPIO DE JUSTICIA

Introducción histórica

Los sofistas en el siglo V antes de Jesucristo, consideraban que la Justicia era lo que hacía más fuerte, aquello que le resultada útil. Sócrates, Platón Aristóteles, decían que alcanzan el poder aquellos que tienen más que los otros. El poder les capacitaba para dominar a otros. Pero ¿Deben hacerlo?. Aquí se plantea una de las cuestiones radicales de la ética: “¿Todo lo que uno es capaz de hacer, lo puede hacer?. Estamos ante la pregunta de ¿cómo se emplea el poder?

Platón respondería que lo justo no es lo que uno piensa que le conviene (intereses personales), sino lo que conviene por ser hombre (desarrollo de su humanidad). Esta definición de justicia implica dos importantes conceptos:

· Descubrir a los demás como personas.

· Desarrollo del hombre en su específica capacidad de dar.

Noción de Justicia

La Justicia es la necesidad de respetar y dar a cada uno lo suyo. El fundamento se encuentra en la condición de persona propia del hombre.

El punto de partida está en el “ser personas” que confiere, la capacidad y necesidad de dominio sobre las cosas y en la dimensión social del ser humano que le permite establecer relaciones. Este punto de partida de la noción de Justicia no estaría, en cambio, en la apreciación de conflictos de intereses entre los hombres, ni en el descubrimiento de la necesidad de un orden social, ni tampoco en la existencia de un poder social que debe ser encauzado.

Virtud y Acto

La Justicia es la virtud de darle a cada uno lo que le pertenezca. La permanente y constante voluntad de atribuirle a cada uno su derecho. El Acto de Justicia, sería un acto segundo. Anterior a él, estaría el Acto de Atribución (acto primero), que confiere el título del derecho. Lo primero es reconocer el derecho, así el Derecho es el Objeto de la Justicia.

Hay Derechos que son propios, independientes y anteriores a todo reconocimiento social, por el hecho de ser personas y tener dominio sobre las cosas. Hay teorías que dicen que la sociedad es fuente de todos los derechos. Estas teorías conducen a la negación del valor intrínseco de la persona humana, y le dan un papel secundario frente a la sociedad.

Características de las relaciones de Justicia

1. Referencia a otro o Alteridad

Atendiendo a quien se ha de dar lo debido distinguiremos:

· Justicia General o Legal: de la Parte al Todo

· Justicia Particular

· Justicia Distributiva: Del Todo a las Partes.

La justicia distributiva hace relación a la existencia de bienes o derechos que competen a la globalidad (por ejemplo a la empresa globalmente considerada) y que pueden ser distribuídos de uno u otro modo. Por ejemplo la selección y promoción del personal, la distribución de los puestos de trabajo, el reparto de los cargos directivos, la distribución del valor económico, el reparto de la masa salarial, etc.

· Justicia Conmutativa: De las Partes entre sí:

Hace referencia a la igualdad que rige los intercambios. Es decir la igualdad entre las cosas intercambiadas con independencia de quien sean los sujetos del intercambio.

2. Igualdad.

Debe existir un ajuste entre el derecho y el deber. Aquí distinguiremos:

-Según el Tipo de Relación:

· Igualdad Aritmética: Rige los intercambios.

Lo específico de esta relación es el dar para recibir. Los intercambios son la quintaesencia
de los negocios, además de un acto de concordia, pues se produce un mutuo reconocimiento como sujetos de derecho. El problema aquí radica en ¿cómo medir el valor de una cosa?.

El valor de las cosas puede fijarse mediante una estimación común o precio razonable (en la compra-venta correspondería al valor de mercado); en el arbitraje (justiprecio); el llamado precio legal para momentos de escasez o productos estratégicos y el Precio libremente acordado.

El Marxismo, fija el valor de las cosas al valor del trabajo necesario para obtener el objeto o servicio. En cambio el Liberalismo rígido, dice que este depende exclusivamente de la oferta y la demanda. El valor de una cosa sería el precio que está dispuesto a pagar quien va a comprarla.
-Igualdad Geométrica o Proporcional: Rige las Distribuciones (Trato equitativo).
Es el tipo de igualdad que rige los repartos de la comunidad a sus miembros. Los criterios de reparto serían: Méritos y Responsabilidades, Capacidades, Aportaciones a la comunidad o Necesidades. Losa criterios de reparto deben escogerse prudencialmente.
La Igualdad (imparcialidad, no igualitarismo) de la justicia distributiva, reside en la proporción entre las cosas y las personas y no entre las cosas con independencia de las personas, como ocurre con la justicia conmutativa.

Teorías o escuelas como los Neoliberales, niegan la justicia distributiva y dicen que es el mercado y la ley de oferta y la demanda quien se encarga de repartir. Este pensamiento resucita el viejo sofisma de la Primacía de la fuerza. Otra postura liberal sería la de la llamada “Ética Puritana”, donde el único criterio de reparto de ganancias es el esfuerzo en el trabajo, generalmente definido como productividad. ¿Qué sucedería entonces con un minusválido, un enfermo, gente con escasa capacidad o formación profesional?

Otras posturas como el Igualitarismo, también la negaría. Sin embargo sería una grave injusticia el no recompensar la laboriosidad, la dedicación, la responsabilidad, ni tener en cuenta determinadas situaciones, necesidades y capacidades.

-Según los Sujetos:

· Relaciones de Piedad: P.ej: Padres - Hijos

· Relaciones de Religión: Criaturas - Creador

3. El Débito o Deber.

Es el contenido de la relación Justicia.

· Bienes económicos (exteriores)

· Bienes personales: Corporales, Espirituales.

¿Qué es lo justo?

Justicia es dar a cada uno Lo Justo. Los sindicatos podrían solicitar como justo aquello que los empresarios consideran como injusto. Debemos encontrar la respuesta a qué es lo justo en el título que lo sustenta, es decir en determinar por qué razón se tiene derecho a algo. Entonces lo justo quedaría resuelto.

Aquí interviene el Acto propio de la Prudencia. La Prudencia exige rectitud en la búsqueda de la verdad. “La Prudencia precede y dirige a la Justicia”.

El Bien Común como objeto de la Justicia General

El Bien Común es el bien personal de todos y cada uno de los hombres.

La Justicia General también es conocida como Justicia Legal, debido a que viene formulada en parte con leyes positivas que concretan lo que los miembros han de dar a la sociedad para procurar el Bien Común. Sin embargo la Justicia General o Legal no debe equipararse a las leyes positivas, pues otra parte corresponde a aquellos bienes fundamentales del hombre correspondientes a sus derechos naturales. Existen unos derechos inherentes a la persona que son anteriores a toda ordenación jurídica.

La escuela del Positivismo Jurídico, reduce el derecho al derecho positivo (leyes y normas jurídicas promulgadas por la autoridad legislativa). Esto significa que para sus partidarios, la Justicia no es dar a cada uno lo suyo, sino cumplir las normas de derecho establecidas por la sociedad. Esta postura daría entrada a legislaciones como la Nazi o NacionalSocialista.

Derechos Humanos

El principal título de derecho es el bien de las personas en cuanto tales.

1. Fundamentación de los Derechos Humanos.

-El respeto y la promoción de los derechos humanos contribuye a que cada persona pueda lograr ser mejor.

-Los derechos humanos en sentido subjetivo como poder o facultad sobre algo: Potestad Moral.

-Es una dignidad intrínseca. Uno puede ser mejor persona (por su conducta moral), o más inteligente por su nivel intelectual) o más importante (por categoría social).

2. Jerarquización de los Derechos Humanos.

-No todos los Derechos tienen la misma importancia. Por ejemplo: El Derecho a la Vida es prioritario a otros subordinados a él, como el de Calidad de Vida e Integridad Corporal.
-La jerarquización es importante sobre todo cuando hay conflicto de Derechos.

-Hay una prioridad de los Valora Espirituales sobre los Materiales. Es más prioritario el desarrollo moral, el pleno acceso a la verdad, la educación y la cultura, a los derechos económicos.

-En ocasiones los Derechos Humanos, se enfrentan al Bien Común. Derechos como la libertad de expresión no pueden rebasar el derecho a la buena fama e intimidad.

-El Estado es el garante del Bien Común, pero no debe ser quien defina su contenido. Su contenido hay que buscarlo en aquello que hace mejor al hombre, ya que el Bien Común es lo que contribuye a su perfeccionamiento.

-Hay que diferenciar entre el Bien Común y el bien colectivo. Este es un error en el que suelen caer quien ostenta el poder.

3. Deberes correlativos a los derechos.

Si los Derechos, no tuvieran los correspondientes deberes, les faltaría el soporte principal. El Derecho al Trabajo, se corresponde con el Deber de Trabajar.

Justicia Social y Solidaridad

La Justicia Social O General, debe exigir a los individuos todo lo necesario para el Bien Común. Es dar contenido al Bien Común, que es Bien de todos, de manera que ningún ser humano carezca de los medios oportunos para vivir y desarrollarse con dignidad.

El concepto de solidaridad, refuerza y amplía el concepto de Justicia Social. Sería llegar a empeñarse con el Bien Común.


4- ALGUNOS COROLARIOS Y PRINCIPIOS DE LA BIOETICA PERSONALISTA

Principio de defensa de la vida física

La vida corporal, física, del hombre no es algo extrínseco sino que es el valor fundamental de la persona. Por encima de este valor fundamental sólo existe el bien total y espiritual de la persona, que podría requerir el sacrificio de la vida corporal, pero esto no podría ser impuesto jamás por otros hombres, sino desplegarse como don libre. Por tanto el respeto a la vida, así como su defensa y promoción, representa el máximo imperativo ético del hombre consigo mismo y para con los demás.

El derecho a la vida precede al llamado " derecho a la salud": sólo se puede hablar de salud de una persona viva, y a veces se tergiversa con conceptos como " calidad de vida".

Principio de libertad y responsabilidad

El derecho a la libertad está supeditado al derecho a la defensa de la vida: para ser libres se requiere estar vivos y por tanto la vida es condición imprescindible para ejercer la libertad.

La libertad es condición necesaria para ejercer un acto ético, sin libertad no hay ética. El juicio ético se basa en la decisión libre por parte de la voluntad.

Principio de totalidad o principio terapéutico

Se basa en el hecho de que la corporeidad humana es un todo unitario resultante de partes distintas, unificadas entre si orgánica y jerárquicamente por la existencia única y personal.

Por ello, para salvar el todo y la vida misma del paciente se debe en ocasiones mutilar una parte. Para realizar esto se deben cumplir unas condiciones: que la intervención se realice sobre la parte enferma, que no existan otros remedios terapéuticos y se requiere el consentimiento del paciente.

Debe darse una proporcionalidad de las terapias: al practicar un tratamiento se debe evaluar en el contexto de la totalidad de la persona y que se exija una proporción entre riesgos y beneficios.

Principio de sociabilidad y subsidiariedad

El principio de sociabilidad compromete a todas las personas en su propia realización al participar en la realización del bien de sus semejantes. La persona está esencialmente abierta a la sociedad y la sociabilidad es una característica intrínseca de la personalidad. El principio de subsidiariedad establece que la comunidad debe ayudar más allí donde mayor es la necesidad y, por otra parte, no suplantar osustituir la libre iniciativa de los particulares.

Situaciones de conflicto

La experiencia ética no son matemáticas. La experiencia moral tiene que ver con situaciones históricas y con subjetividades: incluso en las conciencias más esclarecidas surgen conflictos de juicio y perplejidades cuanto al modo de actuar.

En principio, si se acepta un orden en la realidad de las cosas, se debe pensar que no existen conflictos invencibles. El conflicto se debe a las limitaciones, imperfecciones y condicionamientos de la conciencia valorativa.

Para resolver ciertas situaciones son de gran utilidad la aplicación del principio del mal menor y de la acción de doble efecto.

Principio del mal menor

En primer lugar se distingue entre mal físico y mal moral y a continuación se jerarquizan, de modo que:

· Se debe evitar el mal moral antes que el físico.

· Cuando se trata de dos males morales se deben rechazar ambos.

· Cuando se trata de dos males físicos, se escoge el mal menor.

Acción de doble efecto ( voluntario indirecto)

Es lícito llevar a cabo una acción ( u omitirla deliberadamente) incluso cuandoesta elección comporte también un efecto malo, con las siguientes condiciones:

1. Que la acción buscada sea en si buena o al menos moralmente indiferente.

2. Que el efecto bueno sea directamente buscado por la persona que actúa por lo que se refiere tanto a los efectos cuanto a la intención.

3. El permitir o aceptar indirectamente el efecto malo debe tener una motivación adecuada y proporcionada.

Fin del texto

1

LECCIONES DE BIOETICA - UNIVERSIDAD DE BARCELONA ( CAPITULOS 1,2)

CONCEPTO DE BIOÉTICA. MODELOS ÉTICOS.

Dr. Mauricio Pacheco

1- INTRODUCCIÓN

El progreso ha contribuido a cambiar el punto de vista de los profesionales no sólo acerca de lo que debería ser el ejercicio de la profesión, si no también respecto a la enfermedad y el sufrimiento humano. En la formación de los profesionales de la salud encontramos a faltar criterios antropológicos que permitan tomar la decisión clínica y ética más adecuada para cada uno de sus enfermos. Como resultado se suscitan no pocas dudas y contradicciones en la práctica clínica. Por ello, consideramos fundamental el rearme ético de los profesionales.

Un profesional de la salud debe siempre interrogarse de cual debe ser su comportamiento en sus concretas actuaciones. Debe establecer siempre los criterios, los principios, los puntos de referencia, los fines y las consecuencias. Es un reto inacallable el primado ético de su comportamiento profesional. Si el comportamiento médico sanitario incide en la ética es porque afecta al ser humano y por ello la ética tiene la última palabra. Toda decisión técnica recae siempre en el ser humano, en un ser digno y libre.

La Ética en las ciencias de la salud, BIOÉTICA, debe estar al servicio del hombre. Debe dirimir qué cosas deben hacerse, independiente de la posibilidad tecnológica. Nuestros pacientes son personas queridas por sí donde la amistad, el respeto, la solidaridad y la exaltación de su dignidad estén por encima de cualquier otro criterio.


2- TEMAS QUE ABARCA LA BIOÉTICA

La Bioética podría abarcar ocho grandes temas:

1. Intervención en el ámbito de la reproducción humana.
2. Intervenciones sobre patrimonio genético.
3. Intervenciones sobre el envejecimiento y la muerte (Eutanasia, Encarnizamiento terapéutico, y estados vegetativos persistentes).
4. Intervenciones sobre el cuerpo humano: Trasplantes.
5. Manipulación de la personalidad: neurocirugía, control de la conducta.
6. Manipulación de los seres no humanos.
7. Experimentación con humanos en todas las etapas del desarrollo.
8. Manipulaciones transespecíficas: hibridaciones.

Otros temas importantes a tratar son:

1. Secreto médico. El secreto médico y los avances informáticos

2. El consentimiento informado y su aplicación adecuada.

Dentro del primer grupo podemos distinguir diferentes formas de intervenir en la reproducción humana:

1. Control de la natalidad

2. Aborto

3. Fecundación asistida

4. Donación de embriones

5. Madres de alquiler

6. Elección de sexo

7. Congelación de esperma

8. Congelación de embriones

9. Investigación experimental con embriones humanos

10. Gestación de embriones humanos en especies no humanas

11. Clonación

12. Diagnóstico prenatal

13. Esterilización de retrasados mentales

3- CAUSAS DE LA “REVOLUCIÓN” EN BIOÉTICA

En la primera mitad del siglo actual, la Física es la reina de las ciencias. En la segunda mitad la revolución biológica centra su interés en el descubrimiento de los genes o clave genética y se desarrolla la biología molecular.

En los últimos años se produce una nueva revolución que se centra en cuatro aspectos:

1. Se produce un avance en la relación médico paciente. Esta relación se centra en el principio del derecho del paciente aser perfectamente informado regido por el primer Código de los derechos del paciente de 1972, así como en los puntos 6 y 10 de la Carta del Enfermo de la Comunidad Económico Europea de mayo de 1979.

2. Se produce un gran desarrollo de los avances técnicos que se concentran en técnicas de fertilización, en el diagnóstico prenatal, en los transplantes de órganos, en la cirugía de cambio de sexo y la enorme tecnificación del paciente crítico o terminal.

3. Los grandes avances en técnicas diagnósticas.

4. La socialización de la medicina y el gran papel que empieza a tener la distribución de los recursos económicos.


4- DEONTOLOGÍA VERSUS BIOÉTICA

Los médicos estamos dotados de conocimientos y habilidades que capacitan para resolver problemas clínicos. Pero otra cosa son los problemas éticos. El más sencillo problema clínico, recetar una aspirina, encierra un dilema ético, por ejemplo el de informar o no de los posibles efectos secundarios de este fármaco.

En la Deontología los conceptos de valoración moral no entran. No tratará del problema de asignar recursos limitados. La Deontología nos indica los deberes y las normas de los médicos. Son los propios médicos los que regulan el cumplimiento del Código Deontológico. En la Deontología nada excede al ámbito de la propia profesión.

La Bioética, sin embargo, hace referencia a las necesidades y derechos de los pacientes. Está, por tanto, centrada en el concepto del consentimiento informado; ya que uno de los pilares de la Bioética es el llamado “Principio de Autonomía” y, puesto que los pacientes son personas que tienen capacidad autolegisladora, pueden decidir por si mismas.

La Bioética no es una ciencia que todo lo resuelve. Tan sólo trata de clasificar los problemas y buscar la solución a los conflictos de forma razonable y posible, siendo fundamental el acuerdo moral sobre la actividad científica.


5- PRINCIPIOS BÁSICOS EN BIOÉTICA

Para intentar llegar a un acuerdo sobre unos principios éticos básicos el Congreso Americano, en 1974, creó una Comisión Nacional que debía guiar la investigación con seres humanos en las Ciencias del comportamiento y en Biomedicina. Cuatro años después, en un informe llamado “Informe Belmont” se enuncian los tres principios, de Beneficencia, de Autonomía y de Justicia. Un año más tarde Beauchamp y Childress añadieron a los principios anteriores el principio de No Maleficencia.

Principio de Beneficencia: El profesional debe hacer todo lo que esté en su mano para mejorar la salud del paciente, pero siempre teniendo en cuenta lo que el paciente considere adecuado. En este principio se han basado todos los códigos éticos desde Hipócrates hasta nuestros días.

Principio de Autonomía: Se entiende como tal la capacidad del hombre de actuar con conocimiento y libertad. Supone el respeto de las opiniones y de las elecciones de los pacientes. Para desarrollar la buena y libre elección es necesario una correcta información de las posibles alternativas terapéuticas (consentimiento informado). Los límites a este principio le vienen fundamentalmente del principio de Justicia. El bien común hace necesario poner límites a la libertad de elección de los pacientes.

Principio de Justicia: Se basa en dar a cada uno lo que es suyo. Este principio vela por la imparcialidad en la distribución de los beneficios y los riesgos.

Principio de No-maleficencia: Este principio está relacionado con la máxima “Primum non nocere”. No hacer daño. Obliga antes de efectuar cualquier información y cualquier terapéutica.

De hecho, el respeto a la dignidad humana sigue teniendo carácter absoluto. Según Diego Gracia los principios de No Maleficencia y de Justicia son jerárquicamente superiores a los de Autonomía y de Beneficencia, pues se definen como criterios universales, ya que obligan aun en contra de la voluntad de las personas. ( No estamos obligados a hacer el bien a otro en contra de su voluntad, pero sí a no hacerle mal).


6- MODELOS ÉTICOS

Aunque la Bioética trata siempre de permanecer siempre cerca de las situaciones concretas, las teorías éticas están siempre presentes en las discusiones y en las soluciones que se apunten. Podemos distinguir cuatro teorías principales:

El modelo liberal-radical, donde se defiende la libertad como un valor único y absoluto..
El utilitarista, donde la moralidad depende de las circunstancias y de la situación. En definitiva, el fin justifica los medios y está basada en la relación coste-beneficio.
El modelo sociobiológico: según este modelo la vida y la sociedad están sujetas a la evolución biológica y sociológica, y los valores morales deben también modificarse de modo evolutivo. Todo lo que esté a favor de este progreso evolutivo está bien y lo que comprometa el equilibrio está mal.
El personalista, donde la persona es el valor supremo y no puede ser usada como objeto.

A fin de poder crear unas reglas de entendimiento se ha originado una Bioética de mínimos, donde el principio de la valoración moral sería el conjunto de los conceptos en los que todos estarían de acuerdo, por precarios que fueran. Frente a esta Bioética de mínimos se sitúa la Bioética personalista que, defendiendo el valor de la persona, tiende a que se ahonde y se tienda a una Bioética de máximos: plenamente respetuosa con la dignidad de la persona humana.


7- NECESIDAD DE LA ÉTICA EN LA MEDICINA

Existe la necesidad del rearme ético. Es preciso partir de la superioridad de la ética sobre la técnica. Lo técnicamente posible no siempre puede ser moralmente aceptable. Debe existir armonía entre ciencia y conciencia, entre ciencia y moral.

Los fundamentos de la ética médica son la dignidad del enfermo y la dignidad del médico.

El éxito que sólo depende de la tecnología y no de la libertad humana, es inhumano. Porque lo propio de la ética es el bien y no el éxito.

LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

Dra. Isabel Viladomiu


Abordar la dignidad de la persona humana es el núcleo central de la bioética cuando trata temas con relación a la persona humana. Nuestra cultura ha ido descubriendo paulatinamente la importancia la persona y su dignidad. Por ejemplo, el concepto de persona tiene una gran relevancia jurídica. Por
eso el Derecho se apoya en la persona para la legislación positiva a cerca de los derechos fundamentales, los principios jurídicos conocidos como derechos humanos. La ciencia del derecho desarrolla las implicaciones jurídicas del carácter personal del hombre, y edifica sobre ellas la seguridad de la vida social.
Y es que la fuente última de la dignidad del hombre es su condición de persona

.

1- SER PERSONA

Cuando se dice de un sujeto, de alguien, que es persona se está señalando al hombre singular y concreto en su totalidad real. Una totalidad que implica su condición corporal y su dimensión espiritual, una dimensión que es propia del hombre. El respeto hacia la persona requiere el cuidado de ésta como un todo desde su dimensión física y psíquica.

Las características de ser persona son:

La intimidad que indica un conocimiento que sólo ella conoce y la capacidad de manifestar y comunicar su intimidad.

Su radical libertad nos indica otra característica fundamental de la persona, que es dueña de sus actos, y por tanto responsable de éstos.

Capacidad de donación, entrando en relación con los demás a través de su intimidad, dando y dialogando. Una persona sola no existe como persona, porque ni siquiera llegaría a reconocerse como a sí misma como tal. El conocimiento de la propia identidad, la conciencia de uno mismo, sólo se alcanza mediante el concurso de otros, de aquí la naturaleza social del ser humano.

La persona humana es irrepetible y única, porque es un alguien; no es sólo un qué, sino un quién. La persona responde la pregunta ¿quién eres? responde siempre y en todo lugar con un nombre: es única e irrepetible.

La bioética necesita fundamentar la condición personal del hombre para esclarecer y legitimar las decisiones de intervención sobre la vida humana ya que cualquier intervención sobre el ser humano no alcanza únicamente a los tejidos, órganos y funciones; afecta también, a la persona misma. Muchas veces surgen interrogantes importantes cuando se asumen los dilemas éticos en el tratamiento a dar a la persona humana: ¿es el feto persona? ¿es el disminuido psíquico persona?

¿Es el enfermo terminal o en coma profundo persona? ; en otras palabras ¿quién no tiene conciencia de sí, es persona? La respuesta más sencilla apunta al hecho de que quien no desarrolla en la actualidad las capacidades propias de la persona, no se encuentra desposeído de esta categoría, todo ser humano posee su identidad como persona, ejerza o no las capacidades que le son propias. Cuando se excluye de la categoría personal a todos aquellos que no cumplen con la autonomía personal y de la libertad de sus acciones le excluimos de la categoría que le es propia, valorando y primando la capacidad de obrar que es extrínseca a su condición de ser humano.

La propia concepción de nosotros mismos, lo que queremos llegar a ser, será el punto de partida en la relación con los demás. De aquí la importancia de responder a todos los interrogantes filosóficos y morales de forma personal y orientados hacia el bien personal y social. La ética, disciplina que pertenece a la filosofía, debe aportar el conocimiento racionalmente válido de lo que es lícito hacer y lo que se debe omitir, debe responder a la siguiente pregunta: ¿Qué acciones son lícitas de realizar y cuales no? Se hace necesario reconocer las cuestiones universales de orientación al bien común. ¿Qué va a permitir al hombre seguir adelante en su camino de superación, ante las dificultades que tropieza? ¿Qué acciones preservan la paz social necesaria para este desarrollo, tanto personal, como social?

2- LA DIGNIDAD INTRÍNSECA DEL SER HUMANO

Cuando hablamos de dignidad humana, hablamos de un valor intrínseco y personal que le corresponde al hombre en razón de su ser, nunca basada en rendimientos externos, ni por fines distintos de sí mismo. El término digno hace referencia a lo que es estimado o considerado por sí mismo, no como derivado de algo. Por tanto la dignidad que abordamos en este tema se fundamenta en la dignidad intrínseca del ser humano y en la noción de ser fin en sí mismo; esta dignidad atribuida a la persona por su pertenencia al género humano se convierte en fundamento del trato a dar a un semejante, sea autónomo o no, y que implica la no utilización como medio. El ser humano no puede ser utilizado nunca como medio, es siempre fin en sí mismo. En bioética, esta dignidad se concreta en el principio de respeto y de autonomía del sujeto que es protegida por los convenios internacionales que resguardan a las personas ante posibles abusos como el de la experimentación en ensayos clínicos.

Nadie puede negar que el hombre representa el vértice en la vida del universo y en el reino constituido por las diferentes formas de vida. El hombre es portador, por pertenecer al género humano, de una dignidad que le es propia. Hablamos, entonces, de una dignidad ontológica que le corresponde al hombre por ser hombre. ¿Cómo llegamos a esta afirmación y en qué la basamos? La respuesta a esta pregunta viene desde la filosofía que busca explicar los problemas a la luz de los principios. Desde la filosofía el hombre lleva siglos buscando respuestas válidas a este interrogante. Son de destacar las aportaciones realizadas por los filósofos Immanuel Kant, Pico della Mirandola y Tomás de Aquino, que desde concepciones diferentes, basan el criterio de dignidad de la persona en la libertad y autonomía que le es propia.

a) Entre todos los seres que pueblan el universo, sólo el hombre puede dirigirse por sí mismo hacía su propia meta.

b) El hombre puede determinar la dirección de toda su existencia.

La palabra libertad puede tener diferentes significados. Puede referirse a la ausencia de restricciones físicas o también de ausencia de presiones y demandas sociales. Pero para la ética el significado de libertad hace referencia a la capacidad por la que las personas pueden dar forma a sus propias vidas a través de sus elecciones: la libertad de autodeterminación.

Las capacidades intelectivas que posee el hombre, su inteligencia y su voluntad, le permiten la elección de las acciones que van a conformar su propia vida. Es este tipo de libertad la que más tiene que ver con las calificaciones éticas de nuestros actos, por la elección y dirección de la acción a realizar, ya que en ella reside una intención. Cuando no existe posibilidad de elección real, no existe autodeterminación y por tanto no hay acción moral basada en la libertad.

Al iniciar este capítulo se comentaba como en la actualidad la dignidad de la persona humana es centro de las nuevas legislaciones que parten del concepto de persona para legislar positivamente en los ordenamientos jurídicos. Destacaría la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 – que surge ante el exterminio del pueblo judío durante la segunda guerra mundial– donde se recoge, de forma positiva, el reconocimiento de la dignidad intrínseca del ser humano. Esta Declaración dice en su preámbulo: “la libertad, la justicia y la paz del mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos inalienables de todos los miembros de la familia humana (?)”. Nos viene a decir que al hombre le corresponde en virtud de su propio ser, por naturaleza: la dignidad ontológica, y en consecuencia intrínseca, así como los derechos y los deberes que le son inherentes. Tenemos que recordar que los derechos humanos existen y los posee el sujeto independientemente que los reconozca o no el derecho positivo. En el Art.1 dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Toda doctrina o práctica que se asiente en la discriminación, superioridad o inferioridad de unos hombres respecto a otros, es contraria a este principio proclamado en la Declaración.

3- EL HOMBRE FIN EN SÍ MISMO: DIMENSIÓN SOCIAL

Todo ser humano es por naturaleza social, esto es, desde su libertad encuentra en sí la referencia hacia los demás y hacia la sociedad. Su libertad no es independencia social, al contrario, no puede renunciar a la tendencia social de la que es portador, como no puede renunciar a su tendencia hacia la sexualidad, o a la conservación de la propia vida. El hombre se relaciona constantemente con sus congéneres, coexiste con ellos y de esta premisa surge el principio del hombre como fin en sí mismo, por su dimensión social en la que siempre se encuentra.

La libertad y la autonomía de los propios actos, como hemos dicho anteriormente, hace referencia a la capacidad que poseemos por la que damos forma a nuestras propias vidas a través del ejercicio de nuestra libertad. Decimos que el hombre se autodetermina con sus acciones, esto es, que la dignidad ontológica que cada persona posee puede y debe ser acrecentada con los actos libres que realizamos.

Estamos ante una dignidad perfectiva que se suma a la dignidad ontológica, por la que nos realizamos como personas a lo largo de toda nuestra vida. Libertad y autodeterminación es el reto que constantemente debemos afrontar. La bioética debería responder al interrogante ¿debemos digfnificarnos con el trato a nuestros semejantes? ¿quién es nuestro semejante?

La dignidad humana como fin en sí misma ofrece un primer criterio de reflexión para la valoración ética de las finalidades de toda actuación. Su más célebre expresión aparece en una de las formulaciones del imperativo categórico kantiano: “Actúa de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona del otro, no como un mero medio, sino siempre como y al mismo tiempo como fin”. Así entendida, la dignidad humana se presenta como un principio negativo que no se debe traspasar y actuaría como principio positivo en las acciones particulares dirigidas hacia el respeto debido a todo ser humano:

Nunca es lícito negarse a reconocer y aceptar la condición personal, libre y plenamente humana de los demás. El otro es también persona.

Servirse de personas para conseguir nuestros fines es manipulación, y consiste en dirigir a las personas como si fueran autómatas o instrumentos, procurando que no sean conscientes de que están sirviendo a nuestros intereses, y no a los suyos propios, libremente elegidos.

El individuo como entidad no existe aisladamente, la relación con otras personas es parte del tejido de la vida y la bioética trata la dimensión ética del tratamiento que damos al ser humano. Los grandes avances tecnológicos de la actualidad y los diferentes modelos o tendencias culturales ponen de manifiesto la existencia de diferentes éticas en cuanto abordamos los problemas de intervención sobre la vida. La bioética debería aportar al conocimiento científico el valor de la persona para que ésta sea siempre un fin en sí misma, para que toda intervención cumpla los objetivos terapéuticos y limite las intervenciones que manipulen e instrumentalicen la vida humana. No le corresponde a la bioética una función restrictiva, de poner límites a la medicina o a la investigación, sino recordar el valor de la vida humana y la dimensión ética de toda intervención sobre las personas y buscar las intervenciones que se adecuen más a la dignidad que le corresponde.

La persona es anterior a toda organización social, política o jurídica y es punto de referencia y de medida entre “lo licito” y “lo ilícito”.

BIBLIOGRAFÍA:

Grisez, G., Ser Persona, Rialp, Madrid 1993.
Yepes, R., Fundamentos de Antropología, Eunsa, Pamplona 1977.
Sgreccia, E,. Manual de Bioética, Diana, México 1996.
Ferrer, U, . La dignidad y el sentido de la vida, Cuadernos de Bioética, vol VII. Nº26. 1996

2

EXPERIMENTACION CIENTIFICA EN EL HOMBRE

Gonzalo Herranz

a) EL HOMBRE OBJETO DE LA EXPERIMENTACION BIOMEDICA

El tema de la experimentación en el hombre, con fines científicos, presenta una gran actualidad y un carácter polémico. Como señalé anteriormente (1) "en algunas ocasiones, y para algunos investigadores, la tentación del conocimiento es tan fuerte que los hace perder la razón. Hay en la historia lejana y reciente de la investigación científica algunas páginas negras. No se trata de que simples errores de cálculo hayan redundado de modo fortuito en los resultados adversos, a veces catastróficos. Se trata, por el contrario de episodios provocados por científicos, insensibles a las exigencias éticas de la investigación, según las cuales la dignidad de la persona no es un valor superior al que debe supeditarse todo estudio experimental (...).

Sin duda el capítulo más siniestro que conocemos en la historia de la investigación es el estremecedor conjunto de experimentos sobre seres humanos indefensos llevados a cabo por algunos médicos al servicio de las SS nazis, durante la segunda guerra mundial (2). Cuando, al término de ésta, se descubrieron los protocolos de muchas de estas atroces investigaciones, se produjo una profunda consternación en la opinión pública.

No han sido sólo éstos los únicos crímenes cometidos en nombre de la investigación. Algunos han recibido gran publicidad; otros pasan prácticamente inadvertidos o son cohonestados por la permisiva y pragmática opinión pública contemporánea. No es fácil, por ejemplo, comprender las "razones" éticas que hayan podido informar el experimento de Tuskegee (3,4). En esta población de Alabama, un grupo de más de 400 negros pobres, que padecían una enfermedad contagiosa, fueron mantenidos, sin tratamiento, desde 1932 en adelante, a fin de obtener un conocimiento más exacto del curso de la enfermedad y tener así un grupo control para evaluar la eficacia de los tratamientos.

De vez en cuando, la sociedad se conmueve al aparecer en los titulares de los periódicos escandalosas noticias: que a los pacientes geriátricos de un hospital se les inyectan células cancerosas para estudiar la respuesta inmunológica a los tumores (cosa ocurrida en el Jewish Hospital an Medical Cancer de Brooklyn), o que los niños de una institución para deficientes en el mismo Estado de Nueva York fueron inoculados con virus de la hepatitis para poder disponer de datos comparativos en el ensayo de una vacuna. (5,6); o que han sido utilizados los recursos de una determinada prisión, etc.

Otras veces se escamotea la información sobre investigación de "campo", en las que se comparan diferentes procedimientos masivos de anticoncepción (farmacológicos, de cirugía ambulatoria, etc.) o de técnicas de aborto. O la escasa información que se difunde pasa sin comentarios y sin criticar, a pesar no sólo de su malignidad moral básica, sino también de los procedimientos inmorales de obtención de consentimiento informado (7). No es ético utilizar poblaciones ignorantes, fácilmente engañadas por modestos incentivos económicos, como banco de prueba de nuevos procedimientos que posteriormente son aplicados a las sociedades más avanzadas (8).

En otro orden de cosas, hay que señalar que en numerosas experiencias con seres humanos impera, no una actitud de agresivo desprecio hacia ellos, sino un patente descuido y falta de finura moral, que no está exento de un riesgo de deterioro progresivo. El documentado y poco tendencioso libro de Pappworth constituye una fuente de información imprescindible (9).

En la génesis de las grandes aberraciones existe, por lo general, en fase inicial, un desprecio de las pequeñas normas éticas que deben observarse en la investigación científica.

Hay científicos que piensan, lisa y llanamente, que las prescripciones éticas menores constituyen una incómoda distracción de cuyo cumplimiento, se dispensan ellos mismos. De ellos sólo unos pocos llegan a la persuasión de que las exigencias éticas mayores obstruyen la vía libre del progreso científico. ¿Cuál es la razón de esta marginación de lo ético en la tarea de la creación científica? Probablemente la culpa de este deterioro está en la conversión del reduccionismo científico, una necesidad metodológica, en el reduccionismo cientifista, una versión deformada del mundo.

Es innegable la eficacia que la táctica de aislar un problema ha aportado al método experimental, de reducirlo drásticamente a sus elementos más esenciales y estudiar entonces las correlaciones que se dan entre dos o más variables bien definidas, sin interferencias parásitas. Esta actitud conlleva el riesgo de una cierta arrogancia intelectual. El método recibe su asombrosa eficacia de la simplificación, de la abstención deliberada de tener en cuenta gran número de factores que son ignorados adrede. De ahí a considerar insignificantes, desde el punto de vista científico, determinados aspectos morales no hay más que un paso.

Otras veces, el científico vive con la falacia práctica de que es totalmente tolerable cometer leves faltas éticas, pues piensa que el interés superior de la investigación debe prescindir de todo lo que no es ciencia experimental. Esta alcanza, entonces, por extrapolación, la condición de fórmula mágica para la solución de todos los problemas humanos: la Ciencia se ha convertido en el valor supremo.

Comentando el origen y la evolución de los crímenes médicos nazis, Alexander (2) afirma: "Cualesquiera que fueran las dimensiones que estos crímenes pudieran haber alcanzado en su fase inicial -dice- es evidente (...) que tuvieron unos comienzos pequeños. El comienzo consistió, simplemente, en un sutil desplazamiento en el énfasis de cuál ha de ser la actitud básica del médico ante la vida humana... Empezó con hacer aceptable el concepto de que existen vidas que no son dignas de ser vividas". Traza a continuación el itinerario que este concepto recorrió: de los muy graves y crónicamente enfermos, la esfera gradualmente se amplió a los socialmente improductivos, a los ideológicamente indeseables y terminó por englobar a los disidentes del sistema político. "Pero es importante darse cuenta -insiste Alexander-, de que la palanca apenas perceptible con la que se dio impulso a esta actitud mental fue la admisión teórica y remota de que existen enfermos no rehabilitables, cuya existencia no es digna de ser vivida".

b) CRITERIOS ETICOS Y NORMATIVA

La ética del investigador científico es la ética común. Le obligan los mismos preceptos, las mismas prohibiciones que a los demás seres racionales. No goza de ningún privilegio o exención. Su benéfica actividad no le exime de la regla de oro de hacer el bien y evitar el mal. Jamás, para lograr un buen propósito, podrá usar medios indignos.

Pero es lógico que se haya procurado establecer una especificación más concreta de las reglas éticas comunes, a fin de que el científico pueda aplicarlas con mayor facilidad a los problemas que se le platean. Es también lógico que estas reglas o códigos de conducta sean más necesarias y ricas de contenido cuando se investiga sobre el hombre y sobre aquellos aspectos más profundamente personales del hombre, como la mente y la sexualidad, ya que, por formar una y otra el núcleo de su mayor dignidad, están protegidos por una particular inviolabilidad. En consecuencia, es explicable que la ética de la investigación biomédica sea la que ha recibido mayor atención, en comparación con otras provincias de la investigación (Ciencia de la materia o Zoología, por ejemplo).

Existe una amplia superficie de contacto entre estos preceptos éticos y las normas legales que en algunos países regulan la investigación sobre seres humanos. Los riesgos de litigio por mala práctica, abuso de confianza, etc., han traído consigo, en algunos casos, una indebida complicación de los procedimientos legales para obtener el consentimiento y han entorpecido la realización de investigaciones que, por lo demás, son éticamente correctas. Pero, en conjunto y sin duda, la revitalización de los principios éticos en experimentación humana es un beneficio inapreciable.

Lo recordaba así el Papa Juan Pablo II a los Premios Nobel, el 22 de diciembre de 1980: "la ciencia técnica, dirigida a transformar el mundo, se justifica sobre la base del servicio que aporta al hombre y a la humanidad (...). Este es el criterio decisivo: el criterio de servir al hombre entero, en la totalidad de su subjetividad espiritual y corporal... Muchos creen que el hecho de ser técnicamente capaces de producir determinados resultados es motivo suficiente para no tener que seguir preguntando por la legitimidad del resultado en sí mismo. Está claro que tal modo de pensar no deja espacio alguno a un supremo valor ético o incluso a la misma noción de verdad".

Las Normativas

Con el juicio de Nüremberg se conocieron los crímenes de los médicos nazis, que habían hecho su investigación mediante vivisección humana, haciendo observación directa de la muerte del corazón, etc.; para hacer estudios de adaptación habían experimentado a grandes alturas, con la consiguiente muerte por asfixia. En ese momento se estableció el Código de Nüremberg. Los principios de este Código se pueden sintetizar en lo siguiente:

1) Es necesario, para realizar una experimentación humana, el consentimiento voluntario del sujeto.

2) El experimento debe realizarse con la finalidad de obtener resultados precisos y no debe ser un experimento escogido al azar.

3) El experimento debe ser efectuado de tal manera que evite todo deterioro mental o físico a la persona que se le trata.

Estos principios éticos fueron ampliados y perfeccionados en "La declaración de Helsinki" (Anexo I), y se pueden resumir en los cinco siguientes:

1) El experimento debe tener un suficiente fundamento científico, y una base experimental previa. Se puede realizar con personas sólo después de haber experimentado con animales.

2) El experimentador debe tener una adecuada formación humana y científica.

3) El sujeto que va a ser sometido al experimento debe estar bien informado y dar su consentimiento libre; debe comprender el fin del experimento.

4) El riesgo con respecto a la vida, la salud, las molestias, deben ser proporcionales al beneficio que gana directamente el paciente, o el beneficio que gana la comunidad, estando por encima el bien del individuo.

5) No todo se puede investigar, en el sentido de que la investigación de determinados aspectos de la Ciencia puede llegar a ser perjudicial para toda la humanidad.

Así, aspectos básicos de una normativa para la experimentación científica en el hombre pueden centrarse de la siguiente forma:

Respecto a la persona

El consentimiento ha de ser expreso, pleno y libre.- El tema del consentimiento tiene además del aspecto ético una repercusión jurídica. Puede ser, lógicamente, denunciado un investigador por el abuso de poder que supone realizar esa investigación sin la aprobación plena del sujeto o sobrepasándose en lo que había sido autorizado.

El consentimiento debe ser distinto del otorgado simplemente para la actuación médica ordinaria, debe manifestarse expresamente una vez conocida toda información necesaria sobre la experimentación.

Para que el consentimiento sea pleno se requiere que la persona con capacidad de darlo esté plenamente informada de los riesgos, peligros, contenido, objeto, etc. del programa de investigación. Si la persona no puede darlo, por no tener capacidad, ha de haber un responsable tutor, un "guardián", alguien que le proteja y defienda de los riesgos indebidos. Esta función ha de ser asumida por los padres, tutores, familia. Sin embargo, comienza a plantearse una problemática bastante difícil en países "avanzados" en los que empieza, en algunos casos, a no ser real que los padres, la familia sean los protectores natos de los niños enfermos. Recientemente, en Inglaterra ha habido una fuerte polémica a causa del caso de una niña mongólica a quien era necesario hacer una intervención quirúrgica y los padres decidieron que se le dejara morir. Los médicos han apelado hasta la última instancia jurídica, y, ante la decisión de la autoridad, se realizó la intervención. La niña vive y, ante el hecho de que los padres la abandonan queda bajo la tutela del tribunal. Estas cosas plantearían la seria problemática de convertir al Estado en "propietario" de alguna forma de la vida de los ciudadanos. En la misma línea, con la socialización de la medicina, unas instituciones -la administración de la salud pública- en ocasiones adquieren un poder omnímodo que les lleva a no pedir autorización ni consentimiento de las personas para nada.

En cualquier caso, ese consentimiento para molestias y daños pequeños debe recabarse muy honestamente. No se puede eludir el hecho de que las personas tengan poco nivel cultural y por lo tanto se les suponga un recelo injustificado, o aprovechar la circunstancia de debilidad fisico-psíquica, económica, etc., que les lleve a sentirse poco libres. Los beneficios de la investigación no excusan jamás de pedir consentimiento.

Riesgos.- En toda experimentación hay que analizar los problemas éticos que se refieren a los posibles riesgos o daños. Sólo son lícitos aquellos experimentos en los que hay certeza de que no se causará daño y tiene utilidad para aumentar los conocimientos científicos; o, en el caso de que se cause este daño, que el experimento realmente no sea tal, sino un tratamiento incierto a falta de un medio curativo cierto. Serían ilícitos los experimentos en los que hay peligro grave de hacer daño y no tienen utilidad para el bienestar corporal de la persona; y sería también ilícito ceder el propio cuerpo para experimentos peligrosos, a cambio de una cantidad de dinero.

Tampoco se puede infringir un daño desproporcionado o simplemente no querido por el sujeto. Lógicamente hay cosas que apenas llevan un daño consigo y que por tanto, no se requiere un consentimiento especial, pero también hay que ver si hay acumulación de "pequeños daños". Una anécdota ilustrativa es lo que ocurrió a un autor americano, director de una revista intelectual, que se puso enfermo; fue a un hospital y como era una persona importante y conocida, la gente se desvivió por él, empezaron a obtener muestras de sangre para poder determinar toda una serie de constantes, pero cuando ya le habían pinchado cinco o seis veces en una mañana, se empezó a alarmar. Como la cosa continuó al día siguiente, colocó un letrero en la puerta de la habitación diciendo: "No daré una gota más de sangre para investigación, porque me voy a morir de anemia".

Se supone que todo el mundo, en principio, está a favor de la donación voluntaria de sangre, pero puede haber gente que no lo esté y, por tanto conviene tener un escrupuloso cuidado de preguntarlo. Sin embargo, también es verdad que hay una cierta obligación moral de colaborar en una investigación de la cual pudiera derivarse un gran beneficio.

Daños.- No se puede lesionar la fama, la vida privada, etc. El respeto a la gente, el respeto a la persona humana durante la investigación es clave. Todo aquello que disminuya el respeto, la condición moral, aquello que someta, por ejemplo, a niños a situaciones de "stress", de terror psicológico o que pueda hacerles un daño, debe ser rechazado. La Ciencia debe tener una gran ambición de saber, pero el saber no es la razón última del hombre y hay cosas que éticamente son ilícitas y no deben practicarse por el simple hecho de que dañan a otros profundamente en el núcleo de su personalidad. Así, los experimentos psicológicos sólo serían lícitos realizarlos por motivos muy graves.

Respecto al investigador

El investigador no debería dejar de llevar a cabo un proyecto del que prevé que puede derivarse importantes consecuencias para la salud y la vida buena de otros hombres, por arduo y exigente que resulte el proyecto. También las investigaciones deberían ser fomentadas y favorecidas.

Por otra parte, siempre que una investigación conlleva un riesgo, es necesario, en el curso de la investigación, hacer todo lo posible para disminuirlo, y un modo de disminuir los riesgos de una investigación es planearla muy bien y dedicar a la preparación del protocolo los esfuerzos que sean necesarios. Si el abordaje de una determinada experiencia permite ahorrar 20 sujetos experimentales, deben ahorrarse; es obligatorio no someter a gentes a riesgos o simplemente a molestias por negligencia en el planteamiento de la experimentación. Por eso, la fase previa a la investigación en la cual los biólogos están implicados, es muy importante; muy importante porque conlleva estas grandes posibilidades. Y es obligatoria siempre una experimentación previa en animales.

Existen actualmente centros destinados a considerar si unos experimentos pueden o no ser realizados ya que, como se ha dicho al comienzo, se han llevado a cabo experimentos evidentemente contrarios a la dignidad de la persona y, por tanto, moralmente inadmisibles. El investigador no debe eludir este control. Actualmente en Estados Unidos, para ser aprobada la realización de una investigación de este tipo, se requieren permisos especiales. Así, existe un Comité de consentimiento que aboga por todos aquellos seres más débiles, como los niños, los deficientes, los prisioneros, etc.; el Instituto Nacional de la Salud que se encarga de dar consejo ético a distintas sociedades que fomentan la investigación. Y hay una Comisión Nacional para la protección de las personas sometidas a investigaciones biomédicas.

c) BIBLIOGRAFIA Y NOTAS

1. HERRANZ, G. "Los límites éticos de la investigación científica". Nuestro Tiempo, 339, 112-123, 1982.

2. ALEXANDER, L. "Medical Science under dictatorship". New England Journal of Medicine, 241, 39, 1949.

3. INGELFINGER, F.J. "The Unethical in Medical Ethics". Annals of Internal Medicine, 33, 264, 1975.

4. BEECHER, H.K. "Ethics and Clinical Research". New England Journal of Medicine, 274, 1354, 1966.

5. BEECHER, H.K. "Research and the individual. Human studies". Little Brown. Boston, 1970.

6. JONES, J.H. "Bad Blood: The Tuskegee Syphilis Experiment. Free Press. New York, 1981.

7. Editorial. "Fraud in Research". Nature, 290, 437, 1981.

8. Por asociación de ideas, viene a la mente el escándalo de la "explotación" al tercer mundo de las industrias peligrosas. "Hazard export: a case for international concern". Nature, 273, 415, 1978.

9. PAPPWORTH, M.H. "Human Guinea-pigs: Experimentation on Man". London. Routledge and Kegan Paul. London, 1967.

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LA RELACION MÉDICO-PACIENTE: UNA VISIÓN PLURAL

Fernando Arroyo Arellano, MD, MSc, FICS

(PRIMERA DE DOS PARTES)

INTRODUCCION

A lo largo de la historia han existido utopías que, en sentidos diversos, han intentado subestimar la necesidad del contacto estrecho del médico con el enfermo: una, muy antigua , es aquella mentalidad mágico religiosa por la que en épocas antiguas se creía que el sacerdote-médico , directamente o por mediación del Ser Supremo, le puede enviar por el aire la curación al enfermo, una forma de ‘sanación a distancia’; otra, muy moderna, es la confianza total, ilimitada y absoluta en los datos que puede proporcionar la más avanzada tecnología de laboratorio, imagen, o estudios de exploración electrónica, para en base a ellos determinar el diagnóstico y prescribir el tratamiento correspondiente. Nada más alejado de la verdad, ya que el encuentro personal directo y adecuado entre el médico y el enfermo y la relación diagnóstica-terapéutica consecutiva a ese encuentro, son rigurosamente imprescindibles para una práctica humana del arte de curar. Pedro Laìn Entralgo en la introducción a su libro ‘La relación médico- enfermo’ utiliza esta frase: “Nada hay más fundamental y elemental en el quehacer del médico que su relación inmediata con el enfermo” . Sin duda, una relación medico-paciente adecuada es crucial en el desarrollo de la práctica médica, y de ella dependen en gran medida el diagnóstico, el tratamiento y los resultados del mismo.

La relación que se establece entre un profesional de la salud y un sujeto que acude a solicitar sus servicios recibe en la actualidad diversos nombres: relación medico paciente, relación clínica, relación sanitaria, relación agente de salud-usuario, etc. según sea el modelo conceptual que se aplique. Para los fines pertinentes y en afán de evitar confusiones con el uso de diferentes expresiones, utilizare el termino tradicional ‘Relación Médico-Paciente’ (RMP). Pretendo en este trabajo hacer algunos señalamientos sobre lo ético y lo humano en la RMP; enumerar las características fundamentales de esta relación desde diversos puntos de vista; describir los diferentes modelos de RMP que se han propuesto; resaltar los conflictos que se observan en la RMP en la actualidad y terminar con una reflexión personal.

LA RELACIÓN MEDICO-PACIENTE COMO ACTO ETICO

El acto médico, como dice J. de la Heras citando a Laìn Entralgo, es por su misma esencia un acto ético. Por ello, desde el momento que un médico y un paciente establecen una relación terapéutica, el primero se responsabiliza de la salud del segundo, y mientras la relación persista, está obligado a atenderle lo mejor que le sea posible desde un punta de vista científico y ético. La RMP tiene ciertas connotaciones éticas, que son importantes para delimitar los papeles que van a ser asumidos por ambas partes en el transcurso de la relación. Una buena RMP va a influir de modo notable en la adherencia y respuesta del paciente al tratamiento prescrito, pues de nada sirve que el médico sea un Premio Nobel de Medicina, si no ha logrado que el enfermo confíe en él. El papel del medico en la RMP no se reduce al de mero ejecutor sino que es portador de valores trascendentes. En ningún caso es ético considerar mas a un enfermo por lo que puede aportar al progreso científico que como persona.

LA RELACION MEDICO PACIENTE COMO ACTO HUMANO

Reboiras sostiene que “…el vínculo médico-paciente tiene una característica peculiar: es una relación entre dos sujetos humanos. La ya conocida estructura bipolar de todo acto de conocimiento donde en un polo está el sujeto que conoce y en el otro el objeto a conocer, se transforma aquí en una relación sujeto-sujeto. A esta peculiaridad se agrega otro aspecto, implícito en ocasiones, explícito con frecuencia, y que da un perfil especial y único al acto médico: siempre tiene como fondo el horizonte de la muerte. La enfermedad (ya establecida o por sobrevenir), por más benigna que sea remite a un menoscabo de lo vital, a la no vida, y por lo tanto a la muerte. Sin duda es por esta razón que el médico vive la relación como riesgo: porque el enemigo no perdona, el menor descuido, el más pequeño error será capitalizado por la muerte”. Este autor hace a continuación una reflexión que es muy ilustrativa: ”…me atrevería a decir que ...(el acto medico)...es casi una experiencia esotérica, sólo conocida por los iniciados que han transitado por ella…”.

LOS MOMENTOS DE LA RELACION MEDICO-PACIENTE

Pedro Laín Entralgo estableció 5 momentos en el proceso de la Relación Médico-Paciente (RMP): fundamento, cognoscitivo, operativo, afectivo y ético-religioso. Paso a analizarlos y a hacer algunos aportes personales.

1) El fundamento de la RMP: Es la vinculación inicial que se establece entre el médico y el enfermo, por el hecho de haberse encontrado entre sí, cuya índole está determinada por los móviles de cada uno y las circunstancias en que se dio el encuentro. El paciente presenta una enfermedad -necesidad, y el médico está formado para dar asistencia – solución al problema (ad-sistere en latín: detenerse uno junto al otro) . Hay muy diferentes formas en que se establece el fundamento de la RMP, por dar algunos ejemplos: el paciente que acude por su voluntad al consultorio privado del médico; el paciente que sufre un atropellamiento y es llevado, sin su conocimiento o expresión de voluntad a un médico privado específico o a una Casa de Salud ; el paciente que acude al dispensario de una fábrica, a consultar al médico que está allí contratado para atenderlos; el paciente que es atendido por un médico que está circunstancialmente presente en el momento en que él sufre una caída, y que inicia de motu propio, un proceso de evaluación de la situación.

En cada una de ellas, los motivos del enfermo y del médico para establecer una relación son diferentes. En el caso de buscar un médico específico, cuya atención tiene gran demanda, atraídos por su gran prestigio o la recomendación de otro paciente, el enfermo se allanará a todo lo que le digan (esperar largo tiempo una cita, evitar contrariar al médico con algún pedido o inquietud no aclarada); así mismo el médico corre el riesgo de sobrevalorarse y tratar con desdén a algunos enfermos. Cuando es el médico el que va a ofrecer su atención a un grupo colectivo, una empresa, etc. hará todos los esfuerzos por ganarse a los pacientes tratándolos con cortesía o aún con obsecuencia, aunque a veces puede distorsionar su calidad de atención procediendo en la forma que los pacientes quieren, (recéteme esto y no aquello) y no como sería científicamente correcto para ellos. Si la Institución en la que labora una persona le ofrece una asistencia médica gratuita en el sitio, un médico puede creer que los pacientes obligatoriamente acudirán a él, y no tiene que ganárselos dándoles un buen trato personal y con calidad científica; otro médico en cambio , con otra perspectiva, puede obrar de modo contrario, haciéndose de un buen prestigio que eleve sus bonos ante esos funcionarios que a la vez son compañeros de trabajo.

2) El momento cognoscitivo de la RMP: representa el proceso de establecer el diagnóstico, es decir una vez aplicadas la semiología y la semiotecnia, pasamos a establecer una sentencia: “ Yo médico, sé que tú, enfermo ,tienes y padeces en tu cuerpo y alma, tales y tales anomalías “ .En términos generales entre dos personas pueden haber dos tipos de relaciones: la relación dual, en la que se tratan asuntos que interesan a los dos, pero que están en verdad fuera de ellos, (por ejemplo, una compra venta de un vehículo), y la relación diádica, que es aquella típica de la RMP, en la que el asunto a tratar está situado al interior de una de las dos personas y le pertenece a su intimidad, es decir en este caso, la salud del enfermo. El diagnóstico médico no es entonces el conocimiento de un objeto pasivo por una menta activa o cognoscente, sino el resultado de una conjunción entre la mente del médico, activa por supuesto, y una realidad, la del enfermo, dotada de iniciativa, libertad y dinamia, y además de una intencionalidad. En condiciones normales, el paciente que obviamente desea restablecer su salud nos facilita toda la información, o el acceso a ella, para que podamos efectuar nuestro diagnóstico, pero también puede acontecer que el paciente oculte información, y para eso tiene muchos mecanismos, así como para inducirnos a creer que presenta un problema que en realidad no tiene.

3) El momento operativo de la RMP: es la fase que sigue a la diagnosis y comprende los actos propios del tratamiento de la dolencia, es decir aquí es donde se indican los fármacos que debe tomar, las inyecciones que se debe aplicar, la dieta que debe seguir, la intervención quirúrgica a la que debe someterse, etc, etc.

Sin embargo está muy claro que la terapéutica no es exclusivamente material, y no sólo me refiero a la psicoterapia que los colegas psiquiatras aplican, sino a muchas otras actividades o actitudes que el médico ejecuta o tiene y que, de hecho, muchas veces sin ser ese su objetivo fundamental, influyen en la resolución de la enfermedad del sujeto. Ernest Von Lyden era un médico muy famoso en Berlín en la primera década del siglo XX y decía: “El primer acto del tratamiento es el acto de dar la mano al enfermo”. Hay veces en que ni siquiera es necesaria la presencia física del médico ante el paciente para ejercer una acción terapéutica, sino que la sola mención de su nombre o el anuncio de su llegada hacen que el enfermo que ha depositado en él su confianza sienta que su dolor disminuye o su agitación se calma. Bálint, por su parte, decía que: “el médico es el primero de los medicamentos que él prescribe”. Presente o ausente, y a veces sin él saberlo, el médico nunca deja de actuar sobre el enfermo.

Una situación sobre la que amerita reflexionar es que al médico se le enseña a diagnosticar la enfermedad, pero no a diagnosticar la “curación”, es decir a determinar el momento en que el paciente ha solucionado su problema y se le puede dar “de alta” . Esta hermosa, clásica y hasta popular expresión, es en realidad un acto terapéutico, talvez el más importante y glorioso de todos los que se pueden hacer, pues significa decirle al sujeto: “estás sano”, que sería casi como el pasaje bíblico de Lázaro: “...levántate y anda...”. Dentro de la relación diádica de que hemos hablado, ésta convicción personal del médico de decirse a sí mismo “esta persona está sana” se trueca en comunicación con el enfermo, o ex-enfermo mejor dicho, y al decirle que todo está bien ahora, despertará un sentimiento exultante en el sujeto.

4) El momento afectivo de la RMP: Esta no es una fase secuencial sino simultánea a todas las otras, pues se inicia con el fundamento o vinculación inicial y prácticamente no termina nunca , ya que aunque el enfermo haya sido dado de alta de una enfermedad, aguda o crónica, de una operación, etc. y nunca más vuelva a atenderse con ese medico, siempre en su mente perdurarán esos lazos sentimentales que se crearon, buenos o malos, estrechos o laxos. A la cooperación itinerante del paciente con el médico y de este con aquel, cada uno aporta lo suyo, tanto en el orden de la acción como en el orden del sentimiento. El enfermo pone la expectante vivencia de su menester y su aflicción, y una confianza mayor o menor en la medicina y en la persona que va a tratarle, y el médico su voluntad de ayuda técnica, cierta misericordia genéricamente humana, la pasión que en él despierte la siempre fascinante empresa de gobernar la naturaleza, y un indudable apetito, secreto en unos, patente en otros, legítimo siempre que no pase de ciertos límites, de lucro y prestigio. La peculiar relación afectiva que se establece entre el médico y el enfermo, llamada “philia” - amistad- por los griegos y “transferencia” por ciertos psicoanalistas más bien modernos, provoca en el alma del uno y del otro una serie de procesos y deja también una serie de secuelas.

5) El momento moral y ético-religioso de la RMP: Los actos humanos son constitutivamente morales, y la libertad del hombre lleva inexorablemente en su estructura un “para que”. En lo que al enfermo atañe, la moralidad de la RMP viene dada por el “para qué” quiere recobrar la salud. Siebeck dice que no vivimos para estar sanos, sino que por el contrario queremos estar sanos para vivir y obrar. En lo que al médico atañe, la RMP muestra su moralidad al inicio y al final de la misma. Como el samaritano de la parábola, el ser médico implica hallarse habitual y profesionalmente dispuesto a una acción que promueva la ayuda y rechace el abandono.

Etica en razón de su esencia, la RMP muestra este rostro en distintas formas, sea cuando se le da el tono de vinculación diádica, que topa la intimidad y el secreto confiado, como cuando actúa en función del interés social individual o del grupo. Por otro lado tiene que ir adaptándose a las distintas situaciones que integran el curso de la historia y el entorno de cada pueblo. La ética médica de los antiguos asclepíades griegos no coincide con la moral profesional de los actuales médicos cristianos, y de éstos con la de los médicos agnósticos orientales. Y puesto que toda ética descansa sobre una visión religiosa del mundo, aunque esta visión sea el ateísmo - que en sí misma es la religión del No-Dios-, la RMP se hallará siempre más o menos explícitamente arraigada en una determinada posición del espíritu frente al problema último de la religión. La enfermedad, a lo largo de la evolución de la humanidad, ha tenido siempre un componente más o menos sacro, como las llamadas “enfermedades de Dios” de nuestros campesinos, o la típica reprimenda de una abuelita al nietito rebelde “Dios te castigó con esa caída porque no me respetas”. Recuérdese también que los antiguos llamaban a la epilepsia “enfermedad sagrada”. Para quienes practican la religión, y sufren la enfermedad, aparte de todas las medidas médicas, siempre entra también en juego la ayuda divina o la intercesión de algún santo para conseguir la curación. Si la enfermedad es entonces, de más de una manera, sacra, y el acto de atenderla tiene esencialmente un carácter ético, la RMP posee en su constitución un componente inequívocamente religioso.

CARACTERISTICAS FUNDAMENTALES DE LA RELACION MEDICO PACIENTE

Para Albert Balaguer hay ciertas características básicas en la RMP, y de ellas quiero destacar:

a)Respeto al ser humano enfermo : parte de dos ideas claras: 1) que el hombre es persona, y en cuanto tal tiene dignidad y no precio, y 2) que en tanto que personas, todos los seres humanos son iguales y merecen igual consideración y respeto. Dada la situación del enfermo, siempre es el personal sanitario el responsable de que determinados valores anexos a su dignidad se materialicen de la forma adecuada a cada caso: la guarda de la confidencialidad, el respeto a su intimidad, su derecho a la información y a su participación en la decisión médica, a no ser de ningún modo discriminado por razón de origen, de creencias o de capacidad económica o social. Ante el enfermo, la noción de que todo ser humano merece respeto, cobra un significado nuevo. Cuando un enfermo está inconsciente o sus capacidades mentales o físicas están muy deterioradas o muy poco desarrolladas, es cuando el respeto y afecto por la persona son más necesarios y meritorios.

b)Consideración y estima: El proceso de diagnóstico y tratamiento exige una comunicación adecuada. De hecho, el profesional no puede hacerse cargo del problema del paciente sin una buena información. Es necesario un esfuerzo eficaz por conectar y ganar su confianza. El secreto para ello no estará tanto en el uso de técnicas sofisticadas de comunicación, como en contemplar al paciente como un igual, quererle, tratar de comprenderle. La relación clínica ha de ser lo suficientemente equilibrada, para que la implicación, personal, afectiva, permita una actitud serena y objetiva, pues el proceso de diagnóstico y tratamiento requiere poner la inteligencia por encima del corazón. Es necesaria una afectividad y emotividad maduras, pues una actitud excesivamente sentimental podría ser perjudicial tanto para el paciente como para el profesional.

El respeto y la confianza mutuos son imprescindibles en el trato entre paciente y profesional. Sin embargo, en la actualidad este punto de partida no siempre se cumple. Una consecuencia palpable ha sido el aumento de reclamaciones, canalizadas con frecuencia por vía judicial. ¿Cuales son las razones de esta tendencia?. Probablemente hay un conjunto de causas que afectan a ambas partes de la relación: una evolución sociocultural que supone mayor implicación de todos en los procesos de salud; mayor exigencia de eficacia; búsqueda de compensaciones económicas; mala información y la existencia de abusos por parte de algunos profesionales. Por otro lado, la visión cristiana de la relación con el enfermo aporta algunos criterios propios: amar al prójimo como a uno mismo, amar al enemigo, amar hasta entregarlo todo , percibir la presencia divina en el débil, etc.

c)Profesionalidad : La persona enferma, al ponerse en contacto con un profesional de la salud lo efectúa bajo la premisa de la competencia de éste. En la Medicina no basta la buena voluntad, es precisa la competencia. Se requiere, pues, estudio, puesta al día permanente, calidad, excelencia en el trabajo. Resulta necesario que el profesional mantenga una cierta autocrítica y un conocimiento de las propias limitaciones que le lleven a saber consultar y a plantearse cuándo puede resultar conveniente transferir un paciente a otro equipo, poniendo el bien del enfermo por encima de otras consideraciones personales.

d)Respeto a la autonomía del paciente: La participación del enfermo en la relación clínica ha seguido una evolución progresiva desde ser sujeto pasivo hasta tomar un papel protagonista. Para poder intervenir en las decisiones el paciente debe conocer su situación clínica lo mejor posible. La importancia de esto ha hecho que el proceso de informar se haya ido estructurando como una parte más de la atención médica. El Consentimiento informado , entendido como la conformidad voluntaria y consciente de un paciente, después de recibir la información adecuada, para que tenga lugar una actuación médica es una parte integral e insustituible de la practica medica moderna. El consentimiento escrito, que muchas veces tiene más implicaciones legales que éticas, está previsto “en los casos de intervención quirúrgica, procedimientos diagnósticos y terapéuticos invasores, así como de la aplicación de procedimientos que notoriamente comporten riesgos o inconvenientes para la salud del paciente”. En el entorno de confianza de una buena relación clínica, debe posibilitarse que la participación del paciente en la toma de decisiones sea tan amplia como pueda.

MODELOS DE RELACION MEDICO PACIENTE

Diferentes estudiosos han postulado varias formas o “modelos” de relacionarse con los pacientes, evidenciándose dos grandes tendencias, contrapuestas entre sí: el modelo paternalista, que destaca la primacía del médico; y el modelo autónomo o de primacía de la autonomía, que pone en primer lugar lo que el paciente quiere o solicita al médico Además de esos modelos predominantes hay otros , provenientes de diversos enfoques que serán descritos , para demostrar su contraste con los antes nombrados.

Modelo paternalista.

Por muchos siglos anteriormente se ha considerado que en la RMP el enfermo no es sólo un incompetente físico sino también moral, y que por ello debe ser conducido en ambos campos por su médico. La RMP ha sido tradicionalmente, por ello, paternalista y absolutista. El pluralismo, la democracia y los derechos humanos; es decir, la ética, entendida ésta en sentido moderno, no ha llegado a ella sino en los últimos años.

En la sociedad los roles suelen ser complementarios; así, el rol del padre es complementario del rol de hijo, el del marido del de la mujer, etc. En el ámbito de la salud sucede lo mismo, de tal modo que el rol de profesional sanitario es complementario del rol de enfermo. Cuando la relación es paternalista, al rol de dominación del profesional sanitario corresponde el rol de dominado del enfermo. Así se entiende que clásicamente se haya considerado "buen enfermo" a aquel que asumía una actitud rigurosamente pasiva, infantil, que no preguntaba ni protestaba, que obedecía a todos los mandatos, etc. En muchos aspectos, el nexo relacional que generalmente se establece en la asistencia médica se asemeja al de la familia, con el médico u otro profesional de salud asumiendo un rol cuasi-paternal que hace más fácil el adecuado manejo del paciente, y el paciente jugando un rol cuasi-infantil. El paternalismo es una mezcla de beneficencia y poder, que parece prima facie correcta, ya que pretende beneficiar a un ser humano, pero que al menos en ciertos casos puede resultar prima facie incorrecta, ya que se niega a aceptar deseos, opciones y acciones de esa persona. Una beneficencia no paternalista es aquella que intenta hacer el bien o ayudar a los demás en sus necesidades, siempre que ellos voluntariamente lo pidan o lo acepten. Por tanto, en las personas adultas y responsables este principio nunca permite hacer el bien o ayudar sin el consentimiento informado del paciente.

En la clásica relación clínica, pudo primar la perspectiva del profesional: el "deber" del médico de hacer el bien ("beneficencia") que se traducía en el objetivo de la curación sobre otras consideraciones. Esta concepción ponía quizás un énfasis excesivo en la autoridad que tenía el sanitario como experto. Esta autoridad podía acabar fácilmente en autoritarismo proteccionista. Se ha hablado de esas relaciones como “paternalistas” en un sentido peyorativo. El médico sabía lo que convenía al paciente, este debía limitarse a cumplir las órdenes que se le daban. Con el progreso sociocultural fue tomando cuerpo la consideración de que el paciente debía participar activamente en las decisiones sobre su propio bien, llegando a un modelo de relación en el que la autonomía del paciente podía contemplarse como el supremo fin. El error aquí podía radicar en identificar "el bien del enfermo" con lo que este quería en cada momento. Algunos autores han propuesto una superación de esas concepciones acentuando otros aspectos. Así Pellegrino y Thomasma proponen un modelo de "beneficencia fiduciaria" (beneficence-in-trust.) Se trata de una beneficencia que trata de huir del paternalismo. No se trata de decidir “por” el paciente en virtud de la presunta superioridad del criterio médico, sino de decidir “con” el paciente. Aquí los valores del enfermo son bien conocidos por el profesional al que le confía una cierta capacidad de gestión sobre ellos. Se subraya la intensa relación entre paciente y médico, un compromiso, basado en la confianza, para la gestión de los valores y la toma conjunta de decisiones. Cabe, además, otra visión de la relación médico-enfermo: una actitud basada en la "benevolencia". Se trata de buscar lo mejor para la persona del enfermo, entendiendo la persona en todas sus dimensiones. Esa actitud de respeto a la realidad integral de la persona es, como subraya Spaemann, algo supremo, un reconocimiento de corte trascendental, en suma, la forma más noble del amor “de amistad", el amor de benevolencia.

El modelo paternalista de RMP entonces, centra la relación en el médico que es quien decide por el paciente en virtud de sus conocimientos y que es quien sabe que es lo mejor para el paciente. El paciente confía en el médico y deja que éste decida por él. En este modelo el derecho del paciente a ser bien informado y a participar en las decisiones está poco considerado. El paciente es tratado en muchos aspectos como un menor de edad. Muchos ven el origen de este modelo en el Juramento de Hipócrates que pone mucho énfasis en el poder, conocimientos y virtudes del médico, sin mencionar nada respecto a la autonomía del paciente, habiendo funcionado así la Medicina por muchos años . El proceso histórico de la toma de conciencia de los derechos de las personas a participar en las decisiones que conciernen en la propia vida y el progreso hacia una medicina altamente intervencionista, compleja y cara, han llevado a que este modelo vaya desapareciendo, aunque sigue vigente en algunas culturas y en diversos medios socioculturales. Es evidente en la actualidad que los pacientes cada vez más toman conciencia de que tienen derecho a ser informados y a participar en las decisiones médicas, a evaluar junto al médico las mejores opciones de tratamiento, especialmente cuando esto son complejos, caros y tienen alternativas.

Miguel Kottow denomina al modelo paternalista también como activo/pasivo, y sostiene que la actitud paternalista se debe al criterio de los médicos de que muchos pacientes, o la mayoría de ellos, no tienen el nivel educacional necesario para entablar en forma igualitaria su relación con el médico. Este autor hace además una distinción interesante, entre un ‘paternalismo autoritario’, que impone una voluntad jerárquica sobre sujetos que poseen autonomía y que preferirían tomar sus propias decisiones, y un ’paternalismo protector’ que afirma sería legítimamente ejercido , sobre un individuo que por falta de competencia es incapaz de tomar decisiones

Modelo de primacía de la autonomía

Diego Gracia sostiene que fue en la década de los setenta cuando los enfermos empezaron a tener conciencia plena de su condición de agentes morales autónomos, libres y responsables, que quieren establecer con los profesionales sanitarios relaciones como la de personas adultas que mutuamente se necesitan y se respetan. Ser autónomo es tener una voluntad auto legisladora, como Kant señaló. El agente autónomo es aquel que está auto-dirigido, en vez de aquel que obedece los mandatos de otros. Esta descripción de la autonomía presupone la existencia de un auténtico sí mismo, un sí mismo que puede ser distinguido de las influencias prevalentes de otras personas o de motivos ajenos. Hoy se usa el término autonomía, aún en ética, en sentido más amplio que el kantiano. Se puede ser autonomista sin profesar la ética kantiana, centrando el análisis no en el nivel último o profundo de la persona autónoma, sino en el más superficial y periférico de las elecciones o acciones autónomas. La autonomía puede ser considerada una facultad o condición sustantiva de la realidad humana; pero puede también ser vista, de modo más simple, como un acto, el acto de elección autónoma. Las acciones son autónomas cuando cumplen tres condiciones: 1) intencionalidad, 2) conocimiento, y 3) ausencia de control externo .

El modelo de primacía de la autonomía surge en parte como reacción a los modelos paternalistas tradicionales y a excesos cometidos por cierta arrogancia de los médicos. En su concepción mas extrema llega a afirmar que el médico debe hacer lo que el paciente cree que es bueno para su salud. De esta forma se podría llegar a exigir al médico que realizara actos contrarios a la esencia de la medicina. El médico no puede recetar el antibiótico que el paciente prefiera, ni realizar una operación que no este indicada. Esta posición se hace crítica en acciones que son ajenas a los fines de la medicina pues no son tratamientos que persiguen el cuidado de la vida y la salud como son: la esterilización voluntaria, el aborto y la eutanasia. Independiente de esta posición extrema se debe reconocer que el respeto a la autonomía es un valor positivo, que se fundamenta en la dignidad del paciente que tiene derecho a informarse y participar en las decisiones que afectan su vida. Pero desconoce la naturaleza misma de la RMP , cuando la autonomía se convierte en un fin en sí mismo. La libertad y la capacidad de decisión tienen una finalidad, que podemos llamar “el bien”. No se puede separar la libertad de la verdad. En medicina el bien buscado es la salud y la protección de la vida del paciente. El bien del paciente, bien entendido, incluye el respeto por la autonomía como ya fue expuesto.

Sin embargo,la autonomía tiene límites y es un hecho comprobado que cuando la autonomía se lleva al extremo e intenta convertirse en un principio absoluto y sin excepciones, conduce a aberraciones no menores que las del paternalismo beneficentista. El bien común exige poner coto a las decisiones libres de los individuos. Por eso con sólo el principio de autonomía tampoco puede construirse una ética coherente. La razón está a veces del lado de la beneficencia y no de la autonomía. Y muchas otras se halla entre ambos principios, entre la pura beneficencia y la pura autonomía. De ahí la necesidad de un tercer principio que medie entre ambos. Este principio es el de justicia que es aportado a la RMP , no por el profesional de la salud ni por el enfermo, sino por las terceras partes, es decir, la sociedad, el estado y las autoridades sanitarias .

Modelo personalista

Con lo dicho en los acápites anteriores, queda claro que ninguna de las posiciones enfrentadas, “paternalismo duro” frente a “autonomismo extremo” , corresponde a una forma deseable de interactuación con los enfermos. Sin embargo cada modelo acentúa un aspecto positivo: el paternalista, el ethos del médico que debe hacer lo mejor por el paciente; y el de la autonomía, la dignidad del paciente que tiene derecho a estar informado y participar en las decisiones. Así pues se propone un tercer modelo llamado personalista que integraría estos aspectos positivos y los ordenaría en el lugar que corresponde, en concordancia con lo que son las necesidades del paciente y el rol del médico; con los fines de la medicina y la dignidad como persona del médico y el paciente. Se trata de un modelo en que el eje es el bien del paciente en una relación de confianza. Tanto el médico como el paciente aúnan voluntades en la búsqueda de este bien. La relación se da en el ámbito de la confianza mutua y del debido respeto, que incluye la información y participación del paciente en las decisiones. Este modelo coloca en el centro al paciente y al médico como personas humanas

Otros modelos de relación médico-paciente

Goldim y Francisconi adaptan la propuesta de Robert Veatch, del Instituto Kennedy de Ética de la Universidad de Georgetown, con cuatro modelos de relación médico-paciente: sacerdotal, ingenieril , colegial y contractualista.

Modelo Sacerdotal: Es el mas tradicional, basado en la tradición hipocrática. El médico asume una postura paternalista con relación al paciente. En nombre de la beneficencia toma decisiones sin considerar los deseos, creencias u opiniones del paciente. Da una comprensión equivocada de la palabra pacientes, tomándolo como sinónimo de pasividad, siendo su significado original “el que sufre”.

Modelo Ingenieril: Al contrario del sacerdotal, coloca todo el poder de decisión en el paciente. El médico asume el papel de proveedor de informaciones y ejecutor de las acciones propuestas por el paciente. El médico preserva apenas su autoridad, cediendo su poder, que es ejercido por el paciente. El paciente es visto como un cliente que demanda una prestación de servicios médicos.

Modelo Colegial: En él, no se diferencian los papeles del medico y del paciente. No existe la autoridad del medico como profesional y el poder es compartido por igual. Una crítica a este modelo puede ser el que se pierda la finalidad de la RMP, y se torne simplemente una relación simple entre individuos iguales.

Modelo Contractualista: Aquí, el médico preserva su autoridad, en cuanto detenta los conocimientos y habilidades específicas, asumiendo la responsabilidad por la toma de decisiones técnicas. El paciente también participa activamente, ejerciendo su poder de acuerdo con su estilo de vida y valores morales y personales. Hay un intercambio de información efectivo sobre la base de un compromiso establecido entre las partes involucradas .

Ezequiel y Linda Emanuel, en 1992, propusieron un cambio de nombre para estos modelos, llamando al modelo sacerdotal paternalísta y al modelo ingenieril informativo. No toman en cuanta al modelo colegial y subdividen al modelo contractualista en otros dos , interpretativo y deliberativo, de acuerdo a si el grado de autonomía del paciente es moderado o alto. Además, dichos autores sugieren la posibilidad de un quinto modelo que sería el instrumental, donde el paciente seria utilizado por el médico apenas como un medio para conseguir otra finalidad, y ponen como ejemplo la utilización abusiva de pacientes en proyectos de investigación, tal como en el caso Tuskeege.

Kottow considera que a más del modelo paternalista existen dos modelos de RMP adicionales, el ‘contractual’ y el dialógico’. El primero, denominado también de guía/cooperación, sería un pacto para la prestación de servicios, en el que habría siempre una asimetría de poder, pues el médico puede prescindir del paciente, pero no éste del médico. El segundo, denominado también mutuamente participativo’, está basado en una adecuada comunicación, y requiere de ambas partes veracidad, comprensibilidad, honestidad y corrección; este modelo puede no ser factible si el médico le niega competencia comunicativa al enfermo, pues el enfermo no tendrá oportunidad ser participativo, con lo que quedará igualmente subordinado al medico.

Finalmente puedo añadir dos modelos de RMP adicionales: el uno es propuesto por Balaguer, que habla de un modelo “fraternal” en el cual uno de los dos protagonistas es el “experto”; y el otro es enunciado por Cassell , y lo llama modelo “responsable” o de “partnership” , en el que las dos partes asumen por igual la responsabilidad ya que hay un ejercicio de poder similar, interdependencia y satisfacción mutua de intereses; este modelo representa la colaboración de dos personas adultas y autónomas en orden a conseguir un fin ventajoso para ambas.


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BIOETICA PRINCIPIALISTA Y BIOETICA PERSONALISTA:UNA COMPLEMENTACION NECESARIA

Autora: Marila García Puelpan

I. BIOETICA PRINCIPIALISTA

1. Introducción

La bioética nace con fuerza académica y social a comienzos de la década del 70. Ella se ha desarrollado principalmente en dos líneas de expresión: la bioética angloamericana y la europea. Cada vertiente tiene influencia de tradiciones filosóficas distintas cuyas conceptualizaciones han determinado la forma de fundamentar la bioética y han condicionado en forma diferente el espíritu analítico y crítico de sus sociedades.

La tradición filosófica empírica, pragmática y utilitarista de la filosofía angloamericana da origen a una Bioética por así decir “tecnificada” y “funcional” de orientación individualista –Principialismo- que privilegia la autonomía de la persona particular, sensible a valorar deberes y derechos con una perspectiva particularmente preocupada de los micro problemas de naturaleza consecuencialista y relativista. Esta corriente bioética muestra su hegemonía ya en los años 70 cuando nace la bioética hasta los días de hoy.

Por otra parte, como telón de fondo de la bioética europea está la filosofía europea, heredera de una larga tradición metafísica y de una filosofía de la conciencia y del espíritu (fenomenología,existencialismo, hermenéutica), que conduce hacia una bioética con una orientación más social, que da importancia no sólo a los micro sino también a los macroproblemas.

La bioética angloamericana se queda esencialmente en un plano normativo, mientras que la bioética europea busca una fundamentación universal de la conducta que sólo puede ser 󰀡asumida con una fundamentación antropológica donde el ser humano es entendido como persona, vale decir, se trata de una Bioética que puede llegar a ser expresión de un genuino humanismo.

2. Bioética Principialista. Características

2.1. Etica Aplicada

Se le reconoce como el Principialismo de Beauchamp y Childress y se entiende fundamentalmente como una ética aplicada. La expresión “ética aplicadaapunta a la dimensión filosófica del discurso bioético, en ella se destaca sobre todo la filosofía moral y la fundamentación normativa; no hay decisión o acción humana a la que se le atribuya un calificativo moral sin justificación de su principio normativo. En este sentido la bioética está estrechamente relacionada con la ética general y se la puede concebir como la aplicación de principios morales generales a un campo específico; en este caso la investigación científica, la medicina y los cuidados de la salud. Suele ser frecuente aquí que se sustituya el término bioética por el de ética biomédica, para mostrar que esta expresión es comparable con el ética política o ética de los negocios, pues el uso del término bioética podría crear la ilusión de que se está en un dominio independiente, cuando en realidad no se trata más “que de la aplicación de principios morales generales a un área de la actividad humana” (B & CH)

2.2. Los cuatro Principios, pilares de la bioética principialista

La ética principialista se sostiene en cuatro principios, los que fueron esbozados en el Informe Belmont y desarrollados desde allí por Beauchamp y Childress. Fueron entendidos desde un comienzo como submáximas, dado que tanto la ética filosófica como sus formas aplicadas carecían de principios universales a los que pudiesen vincular una ética aplicada. Fue necesario, entonces, elaborar un conjunto de normas rectoras que tuviesen algún grado de generalidad y pudiesen orientar prescripciones morales más específicas y situacionales en el terreno de la bioética, muy especialmente en la ética médica. La propuesto tuvo amplia aceptación y se convirtió en la escuela conceptual más prevalerte en la bioética internacional, que desde entonces no ha dejado de orientar su análisis en respeto de los cuatro principios: autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia.

El principialismo bioético se presenta frente a otros esquemas conceptuales como una propuesta que posiblemente tenga más utilidad instrumental que solidez teórica, ya que aquí la Bioética queda concebida como mera aplicación en el campo de las ciencias de la vida de un saber ético ya constituido de antemano. Hay conciencia que los principios enunciados no agotan las categorías de valores, no son homogéneos en su vertebración, ni tienen límite siempre nítidamente demarcados. Tanto los autores principialistas como sus detractores reconocen estas limitaciones, pero es ampliamente aceptado que los cuatro principios son necesarios como instrumentos de análisis, como guías de acción – de un comité por ej- y como orientadores en la enseñanza de la bioética.

Ciertamente que el paradigma da por supuesta alguna teoría ética y los valores que la configuran, cuya validez se presupone. De lo que se trata es de aplicarlos en forma de principios a nuevos campos abiertos por las tecnologías de punta, campos a los que, para distinguirlos de la ética médica tradicional, se los denomina biomédicos. Hasta el momento el Principialismo es el paradigma bioético más difundido y el que ha logrado mayor nivel de sistematización. Este modelo tiene amplia aplicación en la práctica clínica en todo el mundo en el que se ha desarrollado la bioética. Sus resultados son muy positivos en lo que se refiere al respeto a la dignidad de la persona individual. Y por otro lado viene a legitimar casi toda la práctica deseada o consentida por el paciente, incluyendo la eutanasia y el aborto.

La moralidad propia de este modelo consiste en la observación de los principios y reglas mencionados, enunciados a partir de una reflexión sobre la tradición de la ética médica en particular y de la historia de la filosofía en general.

Tom Beauchamps y James Childress en Principles of Bio-medical Ethics proponen la existencia de cuatro principios morales para su aplicación en el campo de la investigación científica, la medicina y los cuidados de la salud, y en los cuales se fundamenten algunas reglas encaminadas a contribuir a la promoción de las relaciones entre los profesionales de la salud y los pacientes. Señalo a continuación dichos principios.

2.2.1. Principio de Autonomía

Afirma la capacidad que la persona tiene sobre su autodeterminación. Esto significa, en la práctica, dar valor y considerar las opiniones y elecciones de las personas así consideradas y abstenerse de obstaculizar sus acciones, a menos que éstas produzcan un claro perjuicio a otros (¿o a sí mismos?. Este es un tema aparte: “autonomía y daño”). Este concepto de autonomía, que establece el informe Belmont, no es equivalente al concepto kantiano de autolegislación, sino que dice relación con el consentimiento informado, es éste el que le da a una decisión su carácter de autonomía. Este principio exige el Consentimiento Informado y la regla de la veracidad.

2.2.2. Principio de Beneficencia

Enuncia la obligatoriedad del profesional de la salud y del investigador de promover, siempre y primariamente, el bien del paciente. El informe Belmont deja en claro el carácter de “obligatoriedad” de este principio, señalando que no se debe entender “como un acto de bondad o caridad que va más allá de la estricta obligación”. En este principio se basa la regla de confidencialidad

2.2.3. Principio de No maleficencia

Determina no infringir ningún tipo de daño, y extremar los posibles beneficios y minimizar los riesgos. De este principio proviene la regla de fidelidad

2.2.4. Principio de Justicia

Impone que todas las personas sean tratadas de igual manera, no obstante sus diferencias. El Informe Belmont habla de “la imparcialidad en la distribución de las cargas y beneficios” atendiendo a que “los iguales deben ser tratados igualitariamente”, esto desde la perspectiva de la experimentación con seres humanos. De este principio surge la regla de privacidad.

3. Cuestionamiento al Paradigma Principialista

3.1. Falta de fundamentación

Como señala D.Graciano hay un pronunciamiento claro y vigoroso por parte Beauchamp y Childress acerca de un sistema de referencia moral o canon referida al ser humano que sustente las formulaciones deontológicas de su propuesta. Vale decir el paradigma adolece del defecto de no sustentar su propia justificación porque carece de una ontología y una antropología que los justifique. Si toda opción ética requiere de una imagen del mundo y del ser humano, la bioética también y esto no aparece aportado por la bioética de los principios. No fundamenta una respuesta sobre el bien propio del ser humano, sino que busca normas que permitan convivir en una sociedad pluralista, con personas que no piensen lo mismo, y además, evitar el sumo mal. Todo lo cual es lícito y loable, pero no alcanza a dar razones sobre el auténtico bien del ser humano. De modo que si bien su gran ventaja es que le permite ser un referente en una sociedad pluralista, por otra parte, surge el gran inconveniente de la inconsistencia antropológica de la propuesta. Sólo una bioética sustentada en una ontología puede pretender ser normativa, ya que una ética o bioética adquiere su fuerza de la cosmovisión y de la antropología que la sustenta. Desde esa cosmovisión es posible hablar de preceptos que fundamentan el respeto a la vida y la libertad de la persona, por ej., de lo contrario se quedan en meros preceptos sin sentido. En este sentido la concepción de ser humano que se maneja en esta vertiente bioética deja qué desear puesto que tiende a mutilar dicho concepto al considerar fundamentalmente la capacidad de autodeterminación y de racionalidad, facultades que evidentemente no conforman la totalidad que es el ser humano.

3.2. Una “técnica” de aplicación de principios

La bioética es considerada aquí principalmente por la efectividad procedimental de su acción y en este sentido como una técnica que se desarrolla por reglas que establecen la acción moral en el campo clínico. Sus principios son sólo guías de acción y modos de control para revisar que una decisión bioética no haya ignorado algún valor importante. Los críticos de esta modalidad de la bioética la ven como una aplicación automática, como si por un lado se dispusiese de los principios para aplicarlos en cualquier campo sin que se modifiquen y con una cierta indiferencia en relación con las situaciones. Ciertamente que no se puede perder de vista que el campo de aplicación no sólo está constituido por una dimensión tecnocientífica sino también por relaciones humanas, visiones morales y convicciones personales, las cuales no pueden dejar de modificar a los principios en su aplicación. La bioética no es sólo ética aplicada, ni ética clínica, ni discurso interdisciplinario, es la tres cosas articuladas. En la etapa presente la Bioética Principialista podría llegar a confundirse con un simple sistema o código deontológico

3.3. Dificultades de aplicación de los principios

Por otra parte se cuestiona el hecho que los principios presentan dificultades (incompatibilidad) porque pueden colisionar en su aplicación práctica, especialmente cuando el respeto por uno significa necesariamente desatender a otro. Aún cuando el principio de Autonomía parece, hasta el momento, recibir la preferencia de los autores, los principios no obedecen a ninguna disposición jerárquica y son todos válidos como prima facie, ocurriendo lo mismo con las reglas que de ellos se desprenden. En caso de conflicto entre principios –señalan B&CH- será la situación concreta y sus circunstancias quienes indicarán el que debe tener precedencia, por ello se ha sugerido enriquecer la descripción de la situación/caso en estudio o especificar las circunstancias con tanto detalle como fuese necesario para que fluya la decisión con más naturalidad.

3.5. Moral de tercera persona

La concepción de la bioética como mera aplicación de principios puede llevar a los profesionales de la salud a pensar que las decisiones morales que llevan a cabo en el ejercicio de su profesión son ajenas al propio agente o profesional que decide. La aplicación objetiva de ciertos principios teóricos no deja lugar al ethos personal del profesional, esto significa que no está involucrada su interioridad. Es decir no sería el profesional como ser humano, como realidad moral, personal e individual el que lleva a cabo las decisiones sino las leyes de la razón instrumental resueltas, en este caso, en principios. El concepto de responsabilidad personal, central en la ética, queda diluido en el comportamiento mecánico del sistema. De predominar este modelo, es imposible no pensar en la posibilidad de que la dimensión humana en la actividad médica se vea cada vez más oscurecida, ya que si en nombre de la objetividad se silencia también el significado personal del estar enfermo de manera de proceder sin conexión alguna con la totalidad de la vida de los actores intervinientes en la situación (profesional de la salud y enfermo), claramente el modelo resulta humanamente insatisfactorio. Si el profesional de la salud en tanto agente no atiende suficientemente a las consecuencias de sus actos o no se ve moralmente reflejado en su propia praxis profesional, entonces su moralidad no está directamente comprometida. Así visto, la vida moral del profesional se ve notablemente empobrecida ya que como agente moral con su moral personal, el tipo de persona que es, su rectitud profesional y el efecto de sus acciones morales sobre su propia persona, desaparece detrás de la aplicación de los principios objetivos, universales y abstractos.

Esta situación es la que ha dado lugar a la llamada moral de tercera persona propia del paradigma bioético principialista.

II. BIOETICA PERSONALISTA. Modelo Personalista Ontológico de Elio Sgreccia

1. La inspiración humanista inicial de la bioética

Como se conoce al menos tres maneras de entender el personalismo –relacional, hermenéutico, ontológico- debo señalar que mi trabajo se enmarca al interior de este último, el cual se fundamenta en el concepto de persona entendida como una unitotalidad de cuerpo y espíritu y en el deber de respeto a la vida humana desde la concepción hasta la muerte.

En sus inicios la bioética se orientó en el sentido de poner límites en el vasto campo de la investigación científica aplicada a la vida, a fin de salvaguardar la persona humana o al ser humano en la multiplicidad de sus modos de ser y de existir, así como su valor incondicional. Podemos decir entonces que las condiciones de origen de la bioética (Potter y Hellenger) nos habla de una inspiración humanista ya que nos revela un fuerte sentimiento de defensa y salvaguarda del ser humano, tanto en la singularidad de su individualidad como en la universalidad de su humanidad.

.La historia de la bioética muestra que desde el inicio se fue privilegiando el paradigma Principialista el cual favorece en general la proliferación de reglas de acción sobre la vida, favoreciendo así una tendencia tecnicista o funcionalizante de la Bioética, conducente a una excesiva objetivación de las circunstancias de acción incluido el ser humano en esta objetivación, limitando así a la Bioética a un plano de normatividad, restringido a la práctica; en circunstancias que ella es también, y primariamente, reflexión en cuanto exigencia de fundamentación del comportamiento. No basta establecer cómo se debe actuar, o sea, formular normas de acción, interesa también mostrar por qué se debe actuar de esa manera, es decir, fundamentar más vigorosamente los principios de acción moral. De modo que la inspiración humanista que animó originalmente a la Bioética sólo llegará a ser plenamente realizada, en el tiempo, en base a una exigencia de fundamentación antropológica.

Señalábamos al inicio que tanto en Estados Unidos como en Europa el esfuerzo de fundamentación de la bioética se ha desarrollado a partir de ciertas tendencias filosóficas dominantes. En este sentido, la bioética personalista o “bioética latina” ha surgido en la cultura mediterránea y grecolatina alcanzando ya una fuerte presencia en el debate moral contemporáneo. Ella considera a la persona, al ser humano, en su dignidad universal, como valor supremo y como fundamento ético, procurando además enunciar las categorías esenciales de la persona, esto es, su naturaleza única, integral, relacional y social. De este modo cabe entender que la reflexión antropológica está en la base y sirva de fundamento al ordenamiento bioético.

2. Una meta-bioética

Se entiende como meta-bioética la disciplina que explica y da razón del fundamento ético de los valores y de los principios que orientan la conducta del ser humano en el momento en que interviene sobre la vida (Palazzi). Evidentemente que según sea el carácter de esta meta-bioética será el carácter de la bioética y de su aplicación práctica-operativa. Al respecto cabe reconocer que a la bioética personalista le asisten dos fuertes argumentos que por su índole podría decirse que constituyen una meta-bioética pues trascienden una mera respuesta moral a una comunidad concreta, y es en virtud de dichos argumentos que esta meta-bioética puede estimarse válida para médicos, profesionales de la salud y hombres de ciencia en cualquier ámbito de la tierra. La validez de tales argumentos descansa en que responde a los interrogantes eternos y más profundos de la vida humana, presentes en la tradición filosófica clásica y centradas en la gran pregunta central ¿qué es el hombre?, qué puede conocer (aspiración a la verdad) y qué puede esperar (aspiración a la “felicidad” o a la “vida eterna”).

3. La persona como fundamento ontológico-antropológico

3.1. La persona y su dignidad como centro de todas las consideraciones bioéticas

Como ya habíamos esbozado anteriormente, para la bioética personalista es la persona, como realidad concreta y unitotalidad, el terreno firme en que ancla sus suposiciones. La persona y su dignidad intrínseca es el fundamento ontológico que la sustenta, así como la consideración del valor de la vida humana como bien primario y fundamental. La persona es un sujeto moral y sujeto de derechos y deberes, es un individuo respetado (moralmente) y tutelado (jurídicamente) y es lícito todo lo que no daña a la persona e ilícito todo lo que suprime o daña a la persona. La persona se toma como centro de todas las consideraciones bioéticas, valor supremo, punto de referencia, fin y no medio. Esto significa que no pertenece a la categoría de los bienes útiles o instrumentales, una persona vale más que una cosa y siempre que en la acción se posterga a una persona frente a una cosa, tal actuar es incorrecto. La dignidad fundamentada en la persona exige el máximo respeto y una efectiva tutela, en el terreno de la bioética, desde el momento de la concepción al de la muerte natural, y siempre que se muestre necesitada de ayuda. La bioética personalista cuenta con cuatro principios y detrás de cada uno de ellos subyace una ontología que los justifica: la persona humana, su valor y su dignidad.

3.2. La persona es una realidad integral

La concepción ontológica personalista reinvindica para la discusión bioética una noción integral de la persona. Ella va mucho más allá de ser definida solamente como autoconciencia, obviando la corporeidad y la subjetividad global. Sostiene que no es posible desvincular a la persona de su propia corporeidad y que no se deviene persona solamente por haber alcanzado suficiente grado de autonomía, de competencia comunicativa o de actividad consciente como sostiene Engelhardth por ej. En tanto que persona, se presenta como una realidad integral, donde lo integrado es alma-cuerpo o espíritu y cuerpo, ambas dimensiones conformando una unidad sustancial. Occidente ha sido extremadamente cartesiano en este sentido, pero para la bioética personalista ya no se puede seguir sosteniendo que el cuerpo tiene menos valor que el alma, si el alma es considerada sagrada, entonces el cuerpo también queda elevado a nivel de sacralidad, y por lo tanto es digno, puesto que conforman una sola realidad.

3.3. La persona es un continuum

La persona es un Yo único que ha pasado por diversos estadios de desarrollo, tanto físico como psíquico y espiritual. Esos diversos estadios de desarrollo le han ocurrido a alguien, a ese substrato que subyace y permanece respecto de los cambios exteriores. A partir de este hecho cabe decir que la persona es un “continuum”, expresión que sirve para explicar que la persona es la misma desde el momento en que comienza a existir hasta el momento de su muerte: es la misma que ha pasado por un estado embrionario, fetal, bebé, es la mismo que ha ido a la sala cuna, que ha ido al colegio, que ha ido a la universidad, que ha trabajado como profesional, que se ha casado, que ha envejecido, que se ha enfermado y ha caído en estado de coma o que se ha enfermado de Altzheimer y ha perdido el sentido de la realidad.

A pesar de todos estos cambios visibles, hay una dimensión personal en cada ser humano -un continuum siempre idéntico a sí mismo- de carácter no sensible, que nos permite identificar a esa persona, reconocerla y nombrarla en las diversas etapas como la misma persona que es y, como tal, todas sus etapas son igualmente dignas de respeto, independiente del estado en que se encuentre, aún cuando no pueda pensar o comunicarse o antes de adquirir parcial o totalmente esas capacidades, como es el caso del feto. En ninguna de las etapas señaladas se es menos digna de respeto que otra. Esto vale para todo ser humano y desde luego para los pacientes que se encuentran especialmente necesitados. Engelhardt (para quien no es lo mismo persona que ser humano) afirma que no todos los seres humanos son personas, o no lo son siempre, en todos los períodos de la vida, porque se entiende que la persona es aquella realidad que es autoconciente, racional, capaz de comunicarse con los demás.

Es cierto que nos damos cuenta de que un ser es persona por esas manifestaciones –conscientes, racionales, sensibles- pero no es cierto que sólo si se dan esas manifestaciones se está ante una persona. Una cosa es que accedamos a la persona a través de las manifestaciones de su racionalidad, pero eso no significa que sean las manifestaciones mismas las que constituyen a la persona, se puede argumentar incluso que porque es persona es que dichas manifestaciones son posibles. No es su ejercicio o manifestación, entonces, lo que determina que sea persona, las manifestaciones son la “máscara” detrás de la cual está “personaje” o el “substrato” (ipostasis). De modo que desde la perspectiva personalista es falso decir que no hay persona cuando no se dan, todavía o ya, las manifestaciones de la personalidad. En esta perspectiva el criterio fundamental para reconocer a la persona humana, más allá de las manifestaciones de su personalidad, es la naturaleza propia de ese ser, en este caso la posesión de su naturaleza humana-racional aunque las potencialidades de esa naturaleza no se manifiesten todavía o temporalmente, de modo que es persona tanto en su ser como en su obrar y no pierde la dignidad propia de su naturaleza porque deje de obrar. Es esta la persona que desde el momento de la concepción hasta la muerte, en cualquier situación de sufrimiento o de salud, es punto de referencia y de medida entro lo lícito y lo ilícito en el proceder de la biomedicina.

3.4. Moral de primera persona y bioética de las virtudes

Según señala Manuel de Santiago, los países de la cuenca mediterránea tienden a conservar el esquema de las virtudes, preservando el estilo de concebir la ética más próxima a la tradición clásica y su binomio vicio-virtud, reivindicada por pensadores como MacIntyre, Finnis, Spaemann entre los más conocidos.

Me parece pertinente insertar la ética de la virtud dentro de la perspectiva personalista debido a que ella dice relación al bien moral integral de la persona, en este caso del paciente y del profesional, esto es, hace referencia a una instancia superior –el bien integral de la persona- extra médica, universal, que considera y a la vez trasciende la utilidad y eficacia del acto médico. La ética personalista, incluyendo dentro de ella la ética de las virtudes, puede reconocerse como una moral de primera persona. Esto significa que el profesional se involucra personalmente y desde su propio criterio moral en el acto que lleva a cabo, significa que está consciente del significado moral del acto médico en sí y de la responsabilidad personal que le cabe en él, lo cual constituye la moral de primera persona; una actitud que sin suprimir las normas va mucho más allá de ellas, en lenguaje aristotélico supone el ejercicio de la virtud personal.

Se trata aquí de la propuesta de que la relación profesional de la salud-paciente, o del investigador, tenga un componente personal importante porque tiene un componente antropológico importante: la persona humana es el objeto principal de la biomedicina y también el sujeto de la misma; es persona el profesional de la salud, el investigador y es persona el paciente, con todo lo que ello significa. De esta manera la relación no queda reducida a una mera técnica objetivante sino que apunta a no desatender el elemento esencial de la ética, tal como se plantea en la tradición aristotélica, que es el bien de la persona o del paciente en este caso, pero que también será el bien del profesional ya que su acción virtuosa, en tanto acción autoperfectiva, reobrará sobre sí mismo enriqueciéndolo moralmente por lo que su conciencia estará a gusto consigo misma. Dicho de otra manera, la ética de las virtudes, en el entendido que responde a la pregunta “cómo debo ser” o “qué tipo de persona debo ser” -y no “qué debo hacer”- entiende que es imposible acertar en las correctas decisiones éticas profesionales si no se acierta primero a la conducción de la propia vida.

Si bien la insuficiencia de la Bioética Principialista ha traído la necesidad de una recuperación de la ética de las virtudes para la bioética, la ética de la virtud, sin embargo, remite a un modelo de ser humano virtuoso que requiere de un conjunto social que lo cultive. En este caso se trata de “cultivar” al profesional de la salud y al científico desde sus primeros años de estudio de modo que aprenda a incorporar las virtudes a su experiencia concreta de manera de, en el futuro, ser capaz de tomar decisiones virtuosas, siendo capaz de conjugar la universalidad del principio con su aplicabilidad a la situación particular concreta (en este punto es esencial la formación en la virtud de la Prudencia, tema que vale la pena desarrollar, pero que hacerlo aquí ya se alargaría demasiado).

Desde esta perspectiva, se puede decir que la función de la bioética, en lo que al cuidado de la salud se refiere, y en su sentido más estricto, no es tanto construir códigos de conducta, sino formar profesionales conscientes y virtuosos, capaces de encarar el conjunto de las decisiones que debe tomar y hacerse cargo de ellas, sintiéndose partícipe y responsable de la decisión que está tomado. Sin embargo en Chile al menos, la realidad dice que la formación bioética en el terreno académico –si es que se da- - queda categorizada como un apéndice de unas “cuantas horitas” en el último año y el último mes de la formación universitaria de los futuros profesionales de la salud. Esta es la realidad académica en general, salvo excepciones que al ser contadas con los dedos de una mano éstos sobran. Desde esta mirada cabe entender que los principios de la ética personalista no vienen a aumentar un código de conducta, sino que tienen como rol ayudar y reforzar la vida moral del profesional, se presentan más bien como guías generales que requieren conjuntamente del ejercicio de la virtud personal. En tal caso estamos hablando de una moral de primera persona.

4. Principios de la Bioética Personalista - Formulados por Sgreccia

Como ya habrá quedado claro, la condición de persona es el fundamento ontológico-real que sustenta y da validez a los principios teóricos de la bioética personalista, principios que operan como ayuda y guías de la acción y a tomar en consideración en cada decisión relativa a la relación con el paciente y en la investigación con seres humanos

4.1. Principio de respeto a la vida humana. El valor fundamental de la vida

El valor fundamental de la vida ordena la indisponibilidad y la sacralidad de la vida. El derecho a la vida es el primero de los derechos y el más fundamental, porque sin él todos los demás –incluida la libertad- son inexistentes. El respeto a la vida, así como su defensa y promoción, tanto la ajena como la propia, representan el imperativo ético más importante del ser humano, es un valor absoluto que hay que respetar siempre, es lo más sagrado que tenemos, la vida de cada cual es única, irrepetible, insustituible, inviolable. Tal respeto a la vida humana se entiende en todas sus etapas de manifestación, desde el momento de la concepción (fecundación) hasta el último instante (muerte cerebral total).

La relación que el ser humano establece sobre el mundo material-visible

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LA BIOÉTICA: DEFINICIÓN Y CORRIENTES ACTUALES

(Adaptación del artículo "La Bioética: definición y concepto. Origen y contenidos" escrito por Luis Miguel Pastor García, Director del Master de Bioética de la Universidad de Murcia)

DEFINICIONES.-

El término bioética fue utilizado por primera vez en 1971 por Van Rennsselaer Potter en su libro Bioethics: bridge to the future. Para Potter es evidente que existe una inquietud entre los hombres ante las posibles consecuencias negativas del desarrollo científico y hay que discernir entre la posibilidad técnica y la licitud ética, a través de la adquisición de una sabiduría que lo permita. Para Potter ésta es la bioética, entendida por él como la parte de la biología que se ocupa de emplear los recursos de las ciencias biológicas de modo que se obtengan, con su uso correcto, una mejor calidad de vida.

La Encyclopedia of Bioethics de Reich (1978), considera la bioética como una ética de las ciencias de la salud, que abarca los problemas de los profesionales de la salud, los que emergen en la investigación científica, aunque no sean directamente terapéuticos, o los que surgen en las políticas sanitarias, o en el equilibrio del ecosistema, definiendo la bioética como una ciencia que identifica los valores y principios que orientan la conducta humana en el campo de las ciencias de la vida y de la recuperación de la salud.

CORRIENTES EN BIOETICA.-

1) Bioéticas de signo sociobiológico.

Esta corriente propugna una ética basada en el evolucionismo. Los valores de una sociedad se entroncan con los de un determinado grupo social, en un determinado momento de la historia, con la característica de que ese grupo social constituye la respuesta de los individuos que mejor ha seleccionado el ambiente. El ethos de una sociedad es un producto de la selección natural y de los genes mejor adaptados. Este tipo de planteamiento lleva a considerar como correcto éticamente lo que favorezca biológicamente la evolución de la especie, con lo que nos encontramos ante un especiecismo, donde el individuo es sacrificado en aras del conjunto biológico. Las aplicaciones en el orden de los principios, normas o juicios prácticos no están muy desarrolladas en esta corriente, pero en principio, la prioridad de la especie sobre el individuo y la coincidencia de la evolución con los valores dominantes en una sociedad, llevan a identificar, los comportamientos vigentes con el proceso evolutivo del cuál extraerían justificación dichos valores dominantes.

2) Bioética de modelo liberal-radical, no-cognotivista.

En este caso se afirma que la verdad ética no coincide con la costumbre, ni con las situaciones de hecho de las cuales no se puede pasar a juicios de valor, pero tampoco se afirma que la verdad ética pueda ser conocida. La fundamentación, no se encuentra pues en el conocimiento sino en la voluntad del sujeto que en muchas ocasiones tiende a confundirse en esta orientación con los deseos. Los valores no son deducibles de la realidad sino originados por el sujeto. La referencia última ética es la libertad, y el hombre se convierte en mesurante de la realidad. Es lícito, dentro de este modelo, todo aquello que libremente sea querido o, dicho de otra manera, libremente aceptado y que no lesione la libertad de otros. Esta postura está desequilibrada hacia un subjetivismo radical que lleva consigo que la opción ética no tenga otra justificación que las propias motivaciones personales. La realidad es medida por la propia conciencia que no responde ante nadie. Es una libertad sin una finalidad o contenido, que hace y deshace a su antojo y donde, junto a ella, no existe una naturaleza humana sino más bien un material sobre el cual trabaja la libertad, dotando de esencia al existir concreto de cada hombre. Según esto, lo importante son las decisiones -la voluntad- pues "el juicio moral es un juicio, en último término, subjetivo: se puede argumentar sobre la coherencia lógica, pero el fundamento de la elección moral es irracional. De aquí la afirmación de la absoluta prioridad de la autonomía, entendida como libre arbitrio individual. Lalicitud de todo tipo de aborto por deseo de la mujer, selección del sexo querido para el niño por concebir ,cambio de sexo personal o libertad para decidir el momento de la muerte, serían ejemplos de acciones justificadas desde esta postura

3) Neoutilitarismo y contractualismo.
Se trata de una ética pragmática y mensurable. La verdad ética no puede ser tampoco alcanzada por la razón, pero sí es posible realizar un cálculo de valor cuyo criterio ético es la utilidad social, o sea, la maximización del placer y la minimalización de lo desagradable para el mayor número de individuos. El valor por antonomasia es la calidad de vida que se contrapone en muchas ocasiones hasta contra la propia vida. Se trata del cálculo de la relación coste/beneficios, traspuesto al nivel social y colectivo. Este cálculo puede realizarse siguiendo dos versiones, una que busca la universalización del hedonismo, intentando calcular la felicidad que produce un determinado acto en el mayor numero de sujetos y otra denominada utilitarismo de la norma, en la que los actos son medidos en relación a las consecuencias que se producen y en relación a unas normas o principios del actuar. No se trata simplemente en cada acto de buscar la maximización del placer, sino de obedecer una norma que generalmente aunque en ese caso no ocurra, si se aplica, conlleva la maximización del placer para el mayor numero de individuos. El punto de partida, pues, es el útil social no el individual, siempre, claro está, desde una perspectiva teleologica que basa la licitud en las buenas consecuencias. Es evidente que el cálculo de lo útil social es muy difícil. De hecho, ésta es la gran dificultad de todo sistema teleológico o consecuencionalista de la ética. "¿Cómo es posible preveer todas las posibilidades que son consecuencias de un acto y, sobre todo, calcular cuál es el interés colectivo en juego garantizando para todos una misma utilidad?".

Los puntos flacos de esta bioética están relacionados por un lado, con los abusos fácticos que se producen, injusticias objetivas, en aquellos que quedan fuera del contrato. Esto sucede por el hecho sencillo de que este sistema no reconoce una objetiva condición de dignidad o inviolabilidad del ser humano, con unos derechos que son independientes de acuerdos o consensos. Así, los sujetos que no tienen capacidad para el acuerdo contractual son discriminados y no respetados. Si se tiene en cuenta que para poder tener capacidad de estipular un acuerdo se requiere capacidad de autodeterminación y de ejercicio racional, algunos seres humanos como los embriones, los discapacitados, las personas en coma etc, en cuanto que no tienen esa capacidad quedan excluidos, porque sólo son respetados los sujetos autónomos.

4) Bioética de los principios.

El denominado principialismo, nacido en Estados Unidos como modelo conciliador entre las diversas corrientes bioéticas,aspira a ser el instrumento básico de decisiones éticas en la clínica. Se trata de preceptos éticos relativos a la acción ética en sí misma sin relación a las consecuencias. En el intento de esta corriente se pretende reducir el subjetivismo de las anteriores haciendo intervenir en las valoraciones éticas algunos principios de la acción que tengan un valor en sí mismo, pero con algunas matizaciones. En concreto la deontología en la que se basan es la denominada deontología pluralista. Esta admite unos pocos deberes denominados "prima facie" que deben ser aplicados después de sopesarlos o calcularlos en función de las circunstancias concretas, a fin de elegir el deber o principio de ellos que emerge con fuerza u obligatoriedad en esa situación. Son, por lo tanto, unos deberes no absolutos, que admiten excepciones y que preceden a los otros principios cuando se sopesan con ellos en unas circunstancias concretas. Los deberes prima facie deben ser tenidos en cuenta en el cálculo de la felicidad global. Se podría decir que el útil colectivo se fundaría en un vínculo deontológico y el cálculo de felicidad se obligaría a los deberes prima facie.

Según la clasificación de Beauchamp and Childress los principios son:

a) Principio de no maleficencia. Este se refiere a la inocuidad de la medicina, y procede de la ética médica hipocrática ("primum non nocere"). En la praxis hay que evitar hacer daño. En términos éticos, en la relación sanitario-paciente no producir lesiones en la integridad del paciente que no sean las estrictamente terapéuticas.

b) Principio de beneficencia. Se debe pretender que la actuación del profesional sanitario sea beneficiosa para su paciente. Hay que obrar buscando el bien del enfermo en términos terapéuticos. Este principio habría regido la medicina durante muchos siglos (con raigambre hipocrática) y tiene su expresión ética y complementaria con el anterior en la expresión de "hacer el bien y evitar el mal". La utilización a ultranza de este principio -su abuso- por el personal sanitario, como ya indicamos, es para ciertos autores la causa de un paternalismo médico que se volvió contra los enfermos con el crecimiento tecnológico de las ciencias biomédicas y la experimentación incontrolada de los científicos.

c) El Principio de justicia. Exige tratar a todas las personas con la misma consideración sin hacer discriminaciones por algún o ningún motivo, no sólo de raza o ideología sino tampoco por razones de edad, inteligencia, nivel sociocultural, comportamiento, etc. Además hay que tener en cuenta que la vida y la salud no son solamente bienes personales, sino también sociales; cada persona debe ocuparse de la salud de los demás junto con la suya. Este principio hace referencia asímismo al bien desde el punto de vista de la sociedad, considerando la limitación de los recursos y los posibles daños a terceras personas (los de beneficencia y autonomía se refieren al bien desde la perspectiva del profesional o del paciente).

d) El Principio de autonomía. Este principio, de carácter liberal-radical, pone énfasis en que en la relación enfermo-sanitario la prioridad en la toma de decisiones sobre la enfermedad es la del paciente, que decide lo que es conveniente para él, durante dicho proceso. Esta toma de decisiones es un derecho que para ser ejercido requiere una información adecuada. El consentimiento a cualquier intervención en un sujeto capaz tiene que darla el paciente, para lo cual el médico debe recabar dicho consentimiento habiendo informado adecuadamente. Dicha práctica es el consentimiento informado. Para algunos autores, estos principios y dentro de una estructura descriptiva no ontológica, se podría hablar de unos principios que estarían a nivel universal como los de no-maleficencia y justicia, pues son presupuestos básicos de la relación entre profesional sanitario y paciente, es decir, previos a ella, y por tanto no dependen de su voluntad. Y los otros dos se encontrarían a nivel particular (beneficencia y autonomía) pues son los elementos que constituyen la relación entre el profesional y el paciente.

A mi modo de ver, la ética se funda siempre en un impulso hacia el bien y no en una actitud de negatividad o de no hacer determinados actos. La beneficencia entendida como un hacer el bien de forma integral al sujeto y respetando su libertad (consentimiento implícito y explícito) como luego veremos y como algunos reivindican hoy, no puede dejar de ser el primer elemento del encuentro entre un ser debilitado por la enfermedad que es acogido por el personal sanitario de forma incondicionada y de respeto absoluto a su realidad de ser humano. No hay que olvidar que primero es hacer el bien y luego evitar el mal y que tanto uno como otro se miden por el bien que se deja de hacer o del que se priva voluntariamente o el bien que se conserva al no hacer el mal.

Esta corriente ha tenido una notable difusión, hablándose de ella como paradigmática frente a otras corrientes críticas surgidas dentro de los Estados Unidos, que resaltan toda una serie de anomalías que hacen difícilmente asumible lo que en un principio se presentó como la ética clínica asumible por todos.

El primer punto débil que ponen muchos autores en esta corriente es la falta de una teoría antropológica y ontológica o concepción de la realidad que justifique los principios. Los mismos autores, Beauchamp y Childress, indican que los principios bioéticos deben ser justificados por una determinada comprensión del mundo y del hombre, pero se quedan en esa observación sin sacar consecuencias. De esta forma, sus enunciados "se encuentran como suspendidos en el aire, sin un apoyo riguroso sobre la realidad y, sobre todo, no poseen un criterio claro y objetivo para establecer algún tipo de jerarquía entre esos cuatro principios y resolver los frecuentes y difíciles conflictos que suelen producirse entre ellos". Los principios se tornan estériles, confusos y vagos, pues dentro de este esquema es muy difícil determinar qué es beneficencia o autonomía o no maleficencia, cuando la corriente bioética rechaza preguntarse y contestarse a sí misma sobre la que es la realidad sobre la cual interviene: la vida humana. ¿Cómo puedo jerarquizar unos principios, si no sé que tipo de valor tiene la realidad sobre la que actuo, o evito contestarme tal pregunta?.

Un segundo punto debil e importante es la incompatibilidad de base entre posiciones utilitaristas de carácter consecuencionalista y las de tipo deontologista. La unificación hecha por esta corriente es una yuxtaposición que es balanceada en un sentido u otro según un autor sea más utilitarista o prevalentemente deontologista. Este hecho pone de manifiesto lo que hemos indicado antes, la falta de una teoría que unifique y sistematice y conecte los principios de forma integrada y armónica, de tal forma que no origine soluciones diversas y además contradictorias entre sí según quien utilice este sistema. Los principios se convierten en una colección de máximas que generan conflictos, sirve bien para localizarlos pero no para solucionarlos. Por último, la bioética de los principios es encorsetante de la rica experiencia ética, intentando reducirla a un esquematismo donde se elimina la espontaneidad de la experiencia moral.


5)Bioética de la virtud.

En el último decenio, en Estados Unidos, ha surgido una reacción contra el paradigma de la bioética de los principios caracterizado por el intento de recuperar la virtud aristotélica. La bioética derivada de esta meta-bioética pone énfasis en la experiencia del agente moral, sus motivaciones y sus disposiciones para obrar. En esta corriente la pregunta fundamental es: ¿qué tipo de persona debo ser? ¿como me debo comportar para hacer el bien y ser mejor? Se trata de hacer hincapié en que la finalidad de la ética no es conocer el bien sino sobre todo la de ser bueno y hacer el bien. Dentro de este hacer el bien es necesario una serie de disposiciones o actitudes que inclinan en la toma de decisiones proporcionando una connaturalidad con el bien que se refuerza en cada nueva decisión. Esta corriente no es una novedad dentro de la ética profesional y en particular en las de tipo sanitario donde para la actividad de curar o cuidar son necesarias estas cualidades permanentes que facilitan y disponen a querer actuar bien y a hacerlo con eficacia. Además,la relación sanitario-enfermo es de tal entidad que más que confiar en sus derechos, el enfermo debe confiar en la persona del sanitario y sus cualidades técnicas y humanas. El bien del paciente es el objetivo del acto sanitario y esto requiere: empatía, honestidad, ciencia, compasión, etc.

Sin embargo, a mi modo de ver, ésta bioética basada en la virtud tiene también déficits importantes. En lo positivo estaría el hacer más hincapié en la calidad moral del sujeto que actúa y sus intenciones que en las consecuencias o el deber. Esto hace que ésta ética considere la elección como secundaria a la calidad moral del sujeto, a la inversa que en la de los principios donde lo que cuenta son los dilemas y las posibles alternativas a tomar. También es positivo el que la ética de la virtud está en disposición de dar una respuesta más vital y rica ante la pluralidad de situaciones concretas (circunstancias) en las que puede encontrarse el sujeto moral. En contraposición a los principios, más que un continuo ejercicio de razonamiento lo que se requiere es un empeño constante en la praxis de la virtud, en la adquisición de un buen carácter, en el que queda implicado toda la persona. Pero como hemos dicho, esta postura tiene sus límites, y en concreto, requiere una ampliación que la sustraiga de caer en un voluntarismo cerrado en sí mismo. En concreto, no existe un claro refirimiento a una teoría del bien y al deber y por lo tanto a la naturaleza humana que lo sustenta. Para ser virtuoso y hacer el bien es necesario conocer el bien al que hay que tender, que conlleva a la larga, por repetición de actos, la instauración de la disposición o habilidad hacia ese bien. La categoría de virtud es necesaria para la bioética pero requiere ser completada con una fundamentación anterior, de la cual se desprenden cuáles deben ser la virtudes a ejercitar y la jerarquía entre ellas. Además, como ya se entrevé, ante los dilemas y conflictos éticos no existe por parte de esta bioética una oferta de una guía clara y concreta para resolver los problemas, creando desconcierto y disparidad de criterios que pueden generar agravios comparativos e injusticias, pues no existe una clara jerarquización de bienes a elegir según unos principios. Amplificada esta teoría puede llevar a una postura individualista, dentro de los profesionales sanitarios.

6) Bioética personalista

De lo indicado, es necesario, por un lado, buscar un modelo de integración de ambos momentos, el especulativo y el práctico y, además, buscar una corriente que fundamente antropológicamente un mínimo de valores que por su objetividad se transformen en universalizables para todos. En esta línea se encuentra la última de las corrientes que voy a comentar: la propuesta de la bioética personalista.

Del análisis anterior se podría concluir, en términos generales, que la tentativa de fundamentar la moral en un horizonte filosófico inmanente comporta, sobre el plano aplicativo en bioética salidas fuertemente discriminantes y reduccionistas. El valor de la vida es reconocido sólo a condición de que se favorezca la evolución de la especie (para el sociobiologismo), o bien se manifiesta empíricamente por lo menos en la capacidad de sentir placer y dolor (para el utilitarismo), o la capacidad racional-volitiva de tomar una decisión (para el sistema liberal-radical), o de estipular un contrato para acceder a la comunidad moral (contractualismo). La vida humana no es respetada de forma integral, siendo subordinada por algunos a la supervivencia de la especie o a la presencia factica de diversas funciones operativas. De esta forma, no todos los seres humanos son personas, y se produce por alguna instancia una discriminación por la cual se crean subespecies de seres humanos que al no ser considerados persona no participan de su inviolabilidad. Además existe un problema de integración entre los paradigmas de la virtud y los principios, una tensión no resuelta.

Para afrontar ambas cuestiones la bioética personalista se apoya en una antropología y una teoría del acto moral que hacen derivar de ella unos principios generales de bioética asumiendo en ellos el papel de la virtud, en la formación y consolidación de la conciencia ética. Haciendo un pequeño resumen se podrían indicar los siguientes presupuestos:

a) La virtud no debe excluir a los principios; es posible instaurar un equilibrio interno entre ésta y el deber. Se requieren unos principios, para un momento especulativo, en el que se elabora el juicio intelectual ético y una aplicación práctica, al aquí ahora, a través de una virtud. Todo ello mediado por la cualidad de la prudencia que participa de ambos instantes. El juicio práctico especulativo tiene una función directiva del comportamiento en general y del acto en particular, pero éste es especificado en el juicio último de conciencia, en las circunstancias concretas, mediante las virtudes. La virtud guía el juicio último práctico y guía la realización de la acción sobre todo a través de la prudencia que conociendo lo bueno lo quiere y lo hace ser o lo pone en existencia. En última instancia se realiza la aplicación de los principios a la situación particular. En este modelo, la virtud es una disposición que actúa en conformidad con las obligaciones éticas de los principios que en este caso si que tienen una jerarquía y un valor objetivo.

b) La bioética tiene que estar centrada en la persona humana, porque es el objeto principal de la biomedicina tanto en el aspecto de investigación básica o aplicada o en la clínica en general. De esta forma, la propuesta personalista se apoya en una antropología en la que la persona humana, como ya indicamos se entiende como un ser que es más que sus actos, que su comportamiento, que no deviene en persona por su actividad. Lo es por ser -simplemente- de la especie humana, prescindiendo de la capacidad o no de ejercer determinados actos, ni se reduce a la suma de ellos. Su realidad trasciende sus operaciones, de tal forma que estas forman parte de su personalidad y son del sujeto, pero propiamente no lo constituyen, no son él . La sustancialidad de la persona es unitotalidad física, psíquica y espiritual, de tal forma que es un absurdo pensar en la existencia de un individuo de la especie humana que no sea al mismo tiempo ser humano y persona humana; esta trilogía de conceptos expresan una misma realidad. La individualidad y la racionalidad humana se fundamentan en la forma especial de apropiación del ser. De esta manera, axiológicamente, la persona humana por su constitución, toda ella es un fin en sí misma que exige un respeto incondicionado o inviolabilidad y pasa a ser el filtro y punto de referencia para determinar la licitud o ilicitud de las intervenciones a realizar en ella, si dañan o no el ser personal. La dignidad humana es el centro de esta bioética que puede definirse como bioetica de la sacralidad o inviolabilidad de la vida humana. En esta bioética de la sacralidad de la vida, "no se trata de elegir entre valores excelentes e iguales ó elegir lo menos malo, se trata de jerarquizar la acción biomédica sobre el principio terapéutico, que busca siempre el bien de la persona entera (cuerpo-mente). En síntesis, podríamos describir esta postura de la siguiente manera. En lo ético, esta concepción de la vida humana se apoya en:

a) reconocer que la libertad y la autonomía tienen unos límites, que son el bien de la persona (no sus deseos) en su conjunto como mente y cuerpo. Aquí, radica la dignidad de la libertad humana, en la posibilidad que da el hombre de autodeterminarse al bien de su naturaleza. El primer deber es el respeto a uno mismo en nuestra integridad corporal. La vida es algo anterior a la libertad y que posibilita su ejercicio. Destruir la vida en nombre de la libertad, es estar destruyendo la propia libertad.

b) En el plano antropológico esta concepción de la vida humana permite recobrar la unidad sustancial de la persona humana. El hombre es cuerpo, y la acción en éste, es acción sobre la persona. La intervención pues, sobre el cuerpo tiene que estar guiada a restablecer su finalismo, no se trata por tanto de alterarlo, sino de hacerlo más eficiente y funcional (ecología corporal).

c) La vida humana es inviolable "per se"; no puede entenderse como una realidad con grados de mayor o menor calidad. Las limitaciones normales de la vida humana no deben combatirse en consecuencia a toda costa; siempre que no supongan un obstáculo para la realización de la persona, merecen respeto. Lo valioso no es un organismo sano sino el hombre. Hay que ayudar al enfermo, no mejorar al sano. Debemos, por tanto, respetar la diversidad, como medio necesario para prevenirnos de la dictadura del racismo y la eugenesia, la selección o la discriminación social.

d) Esta concepción, por último, considera a la ciencia al servicio de la verdad y de la persona, de forma que la ciencia se abriría no sólo a saber cómo funcionan las cosas sino a contemplar las cosas en sí mismas. La ciencia necesita de la ética, pues es preciso dirigir nuestras propia capacidad de dominio sobre la naturaleza.".

Sobre estas bases se construyen y justifican los principios de esta bioética que pasamos a continuación a analizar con más detalle. Como se podrá observar la diferencia entre esta propuesta y, por ejemplo, la de los principios, está más que en la formulación de los mismos en la teoría ética y antropológica subyacente que los articula jerárquicamente determinando un mínimo conjunto de actos que pueden considerarse dentro de lo que la literatura ética denomina absolutos morales. Paso a continuación a explicar los principios de esta bioética.

a) El valor fundamental de la vida.

Es claro que una actividad profesional que se encamina o persigue restablecer la salud perdida por una persona, se plantee hasta qué punto aquéllo sobre lo cual interviene debe ser respetado, restablecido o aniquilado. Unapersona debe ser respetada en función desí misma. Esta no es una cosa. Tiene una dignidad, un valor ante el cual sólo me cabe una actitud de respeto. Glosando más esto diríamos que toda persona tiene un valor incondicional y absoluto, por lo que todas las exigencias de su naturaleza (derechos) deben ser respetadas. Decir que toda persona es un bien incondicional y absoluto es indicar que éste no es una "cosa" o un "objeto" del cual se puede uno servir, sino que es siempre y sólo un "sujeto" dotado de conciencia y libertad. El ser humano es, por lo tanto, un valor en sí mismo, y como tal exige ser tratado y considerado. No cabe la utilización o el abuso según intereses o razones. De esta realidad brota como algo necesario la inviolabilidad de la vida humana. Es decir, la imposibilidad de toda acción dirigida de un modo deliberado y directo a la supresión de un ser humano inocente o el abandono deliberado de vidas humanas cuya subsistencia depende y está bajo la propia responsabilidad y control. Esteprincipio personalista implica que todas las dimensiones del ser humano que participan, integran o expresan la dignidad personal son objeto de respeto. Tales dimensiones tienen sentido en el todo de la persona y no pueden ser consideradas como un medio disponible para la maximización de lo útil o lo placentero. El derecho a la vida aparece como el primero y más fundamental de todos los derechos que posee la persona, un derecho que es anterior al respeto de la libertad del sujeto, puesto que la primera responsabilidad de su libertad es hacerse cargo responsablemente ante todo de su propia vida. La vida no es un objeto de consumo, ni algo que tengamos como propiedad, o que podamos quitar o dar a nuestro antojo y deseos, pues de lo contrario detrás de ella maltratamos nuestra persona o la de los demás y negamos nuestra dignidad o la de nuestro iguales. Siempre la vida es algo positivo, lleno de valores y también con dificultades y carencias. En cambio, la muerte es una realidad vacía y negativa, que, cuando es deliberadamente querida para no seguir viviendo, muestra la actitud del que no ha sabido vivir como persona, y cuando ésta ya no le produce sensaciones agradables la desecha en sus inicios o al término de ésta. La dignidad frente a la muerte no viene conferida desde el exterior, sino que requiere una grandeza de ánimo que proviene del alma misma de quien la afronta. La cultura de la muerte es la consecuencia del que no sabe qué hacer con el morir, y en vez de vivir la muerte la acelera. Es un signo más de la tecnificación y la materialización de la vida, de tal manera que se elimina la vida cuando se va agotando o cuando surge inesperadamente una nueva vida sin poderla dominar. Así, el matar se convierte en el signo del que carece de sentido para vivir, mientras que dejar vivir o morir es signo del que conoce un fin para el vivir. Este principio de inviolabilidad de la vida humana o derecho a la vida, precede al derecho de la salud y, ésta, debe ser promovida para todo ser humano según su necesidad.

b) El principio terapéutico de totalidad.

Este principio es capital dentro de la bioética. Anteriormente hemos indicado que el principio de la inviolabilidad de la vida es primero y fundamental. Esto hace que para salvar el todo de la persona (la vida misma) se pueda incidir de una manera mutilante sobre alguna parte del organismo. Lo que concede al todo disponibilidad sobre las partes es la necesidad de asegurar la existencia o reparar o evitar graves y durables daños que no podrían de otra manera ser alejados o reparados. La aplicabilidad del principio está condicionada por la naturaleza del todo, de las partes y de su relación mutua y la necesidad o conveniencia de procurar una mejor condición, existencia o actuación del todo. La parte podrá subordinarse en la medida que sea verdaderamente parte y como tal su ser dependa del todo. De esta manera una parte del todo se sacrifica en bien de la globalidad.Así, un cirujano que extirpe un apéndice está justificado y obligado éticamente por este principio siempre y cuando esa intervención sea necesaria para la salvaguarda del organismo.

En otras ocasiones este principio tiene aparejados fenómenos indirectos, pues a veces, y dada la unidad personal, una intervención quirúrgica, por ejemplo, que viene a resolver un problema concreto, puede suponer a la larga la pérdida de una determinada función del organismo. Su aplicación exige de algunas circunstancias:

a) La intervención esté orientada al bien del organismo sobre el que se interviene.

b) Que se intervenga sobre la parte enferma.

c) Que no exista otro medio de curar la enfermedad y que esa intervención sea necesaria para conseguir el bien de todo el organismo. La necesidad tiene que ser actual en el momento de la intervención.

d) Que haya una probabilidad alta de mejoría.

e) Que haya consentimiento del paciente.

De este principio surge, ulteriormente, la norma de proporcionalidad de la terapia. Según ésta, una terapia debe tener una cierta proporción entre los riesgos y daños que ésta comporta y los beneficios que procura. Practicar una cura desproporcionada o por engaños al paciente, dando la impresión de eficiente, o por complacer su petición sin prever resultados, o por experimentar la terapia sin ventajas para él, puede expresar demostraciones de agresividad y ensañamiento terapéuticos.

c) Principio de libertad y responsabilidad.

Una de las características del ser humano es la de autodeterminarse por decisión propia y en base a un conocimiento racional de los hechos. Esta propiedad se deriva de la propia naturaleza humana y atropellarla supondría una manipulación de ésta. Es evidente que en la relación médico-enfermo existe un entramado de libertades con sus correspondientes responsabilidades en juego. Por un lado está la libertad-responsabilidad del médico frente a la persona del enfermo con sus convicciones e ideas, así, como ante el fenómeno de su enfermedad y la repercusión de ésta en la destrucción de un sujeto que de por sí tiene un valor digno de ser respetado y promocionado; el médico respeta libremente y se compromete responsablemente - o, podríamos decir, consecuentemente - en la defensa y promoción de esa vida. Por otro lado está el paciente, que tiene ante sí la persona del médico con sus convicciones éticas y profesionales, así como la realidad de padecer la enfermedad.

El hombre, desde mi punto de vista, carece de un derecho perfecto sobre su vida y sobre sus miembros. Nuestro dominio es a disponer de nosotros mismos dentro de un orden establecido por el de la inviolabilidad de la vida. La relación entre los componentes del cuerpo humano y la mente no es una relación de propiedad. Los miembros del cuerpo humano son parte y componente del sujeto de derecho, no objeto del derecho. El derecho sobre sus propios miembros es un aspecto de un derecho humano - ajeno a la propiedad -, que es el derecho a ser respetada su integridad y salud. Sólo en función del todo el sujeto tiene capacidad de intervención sobre el cuerpo. Así, para salvar el bien del todo, aunque sea a costa de perder una parte, es un acto de sabia administración que está dentro de las exigencias de la naturaleza, cuando se dan las debidas circunstancias. Al mismo tiempo, el todo puede sacrificar una parte en cuanto que tiene algún dominio sobre ella. En conclusión diría que un enfermo tiene la libertad para conceder o no la intervención sobre su cuerpo pero, y éste es un punto importante, un enfermo tiene la responsabilidad de que su elección esté en consonancia con su propia dignidad y con lo que él es; un propietario de un coche puede hacer lo que quiera con él (hasta ciertos límites), mientras que una persona consigo misma tiene un compromiso de respeto, puesto que ni él se ha hecho a sí mismo ni él se da la dignidad y el valor que tiene. No comportarse de ésta manera puede llevar en ocasiones al autodegradamiento personal, al tratarse a sí mismo por debajo de la propia dignidad que uno posee.

Tal dignidad y significación prohiben atentar contra la integridad psicofísica de la persona, excepto en el caso que lo exija el bien integral rectamente entendido de la persona humana".¿Cómo se articulan estas libertades-responsabilidades y se concretan en criterios éticos? Veamos algunos:

a) El paciente tiene la obligación ética de colaborar en la cura ordinaria y necesaria que salvaguarde la vida de él o de otros .

b) El paciente no puede suprimir su vida en nombre de su libertad.

c) Cuando el médico indica en conciencia la necesidad de imponer una determinada cura, indispensable para salvaguardar la vida de un paciente que la rechaza, debe regularse en derecho el procedimiento en ese conflicto. La dignidad del paciente y su propia vida delimitan el ejercicio de elección del enfermo. Así, a modo de ejemplo de cómo regular esas relaciones se decía en el artículo 31 del código de ética y deontología médica español de 1992 se indicaba "el médico en ningún caso dejará de prestar su atención al paciente que la necesitara por intento de suicidio, huelga de hambre o rechazo de tratamiento. Respetará la libertad de los pacientes y tratará de persuadirlos a que depongan su conducta, aplicando en las situaciones límite, previo requerimiento de la autorización judicial, la imprescindible asistencia médica" como es el caso de los menores de edad o en el actual en el art 9 punto 2 “ el médico ha de respetar el derecho del paciente a rechazar total o parcialmente una prueba diagnóstica o el tratamiento. Deberá informarle de manera comprensible de las consecuencias que puedan derivarse de su negativa”.

d) Cuando esas determinadas decisiones terapéuticas no están en una relación directa con la supervivencia se necesita el consentimiento del paciente. Este consenso no dispensa al médico del deber de informar al paciente sobre cómo evoluciona la terapia y de pedir ulteriormente el consentimiento en intervenciones que pueden ser: curas de riesgo, una terapia extrema como alternativa a la ineficacia de la que se está realizando, una experimentación de un fármaco, etc.

e) Se debe regular la objeción de conciencia del médico en aquellas materias que no tengan referencia directa a la supervivencia del enfermo. A modo de ejemplo, si no es lícito imponerle a un médico que realice un determinado tratamiento que él considera no necesario o dañoso, tanto más será ílicito obligarle, por ejemplo, a la muerte de un inocente.

Como conclusión diríamos que la persona y, en este caso, el bien de su vida está confiado a la responsabilidad del paciente y del médico, no teniendo éste más derechos sobre el paciente que los que determina la dignidad de éste y sus decisiones libremente expresadas. De forma gráfica se podría resumir que el personalismo presupone un modelo para entender la relación sanitario-paciente, semejante a la de un triángulo. En el vértice esta el bien intangible y trascendente de la persona, y hacia ese vértice deben referirse tanto la elección del paciente, primer responsable, como la decisión del sanitario, responsable segundo, pero cualificado. La vida humana es algo intangible que sobrepasa a los dos y que hace insuficiente un simple consenso coincidente entre sanitario y enfermo.

d) El principio de sociabilidad, socialización y subsidiaridad.

Este afecta a cada persona e implica un realizarse de ésta ejerciendo una participación en la realización de otros hombres. En el caso de la promoción y defensa de la vida y de la salud, esto comporta para cada uno el empeño de considerar la propia vida y la de los demás como un bien no sólo personal sino también social. De esta manera, todos estamos involucrados en la vida y salud de los demás, en la ayuda al otro. Toda la sociedad y cada individuo en singular siente como deber primordial la defensa y promoción de la vida y salud de cada una de las personas que la componen. Además los poderes públicos deben poner los medios para garantizar que los medios para conservar la salud lleguen a todos sin discriminación. Se trata de gestionar los recursos con equidad y teniendo en cuenta a los débiles y más necesitados, considerando que la iniciativa social si es autosuficiente y no genera injusticias debe no ser sólo tolerada sino alentada y respetada. Los poderes públicos deben guiar su acción en la búsqueda del bien común, que tiene que respetar los derechos de la persona, que son anteriores a los de la sociedad o el estado. El bien común no es el de la mayoría o el de los más poderosos.

Este principio permite aclarar y dar criterio a muchas situaciones, desde aspectos generales y organizativos como la asistencia estatal sanitaria, o la donación de órganos y tejidos, hasta la presencia de numerosas iniciativas sociales para dar diversos tipos de servicios sanitarios.

FIN