1. Introducción
La bioética nace con fuerza académica y social a comienzos de la década del 70. Ella se ha desarrollado principalmente en dos líneas de expresión: la bioética angloamericana y la europea. Cada vertiente tiene influencia de tradiciones filosóficas distintas cuyas conceptualizaciones han determinado la forma de fundamentar la bioética y han condicionado en forma diferente el espíritu analítico y crítico de sus sociedades.
La bioética angloamericana se queda esencialmente en un plano normativo, mientras que la bioética europea busca una fundamentación universal de la conducta que sólo puede ser asumida con una fundamentación antropológica donde el ser humano es entendido como persona, vale decir, se trata de una Bioética que puede llegar a ser expresión de un genuino humanismo.
2. Bioética Principialista. Características
2.1. Etica Aplicada
Se le reconoce como el Principialismo de Beauchamp y Childress y se entiende fundamentalmente como una ética aplicada. La expresión “ética aplicada” apunta a la dimensión filosófica del discurso bioético, en ella se destaca sobre todo la filosofía moral y la fundamentación normativa; no hay decisión o acción humana a la que se le atribuya un calificativo moral sin justificación de su principio normativo. En este sentido la bioética está estrechamente relacionada con la ética general y se la puede concebir como la aplicación de principios morales generales a un campo específico; en este caso la investigación científica, la medicina y los cuidados de la salud. Suele ser frecuente aquí que se sustituya el término bioética por el de ética biomédica, para mostrar que esta expresión es comparable con el ética política o ética de los negocios, pues el uso del término bioética podría crear la ilusión de que se está en un dominio independiente, cuando en realidad no se trata más “que de la aplicación de principios morales generales a un área de la actividad humana” (B & CH)
2.2. Los cuatro Principios, pilares de la bioética principialista
La ética principialista se sostiene en cuatro principios, los que fueron esbozados en el Informe Belmont y desarrollados desde allí por Beauchamp y Childress. Fueron entendidos desde un comienzo como submáximas, dado que tanto la ética filosófica como sus formas aplicadas carecían de principios universales a los que pudiesen vincular una ética aplicada. Fue necesario, entonces, elaborar un conjunto de normas rectoras que tuviesen algún grado de generalidad y pudiesen orientar prescripciones morales más específicas y situacionales en el terreno de la bioética, muy especialmente en la ética médica. La propuesto tuvo amplia aceptación y se convirtió en la escuela conceptual más prevalerte en la bioética internacional, que desde entonces no ha dejado de orientar su análisis en respeto de los cuatro principios: autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia.
El principialismo bioético se presenta frente a otros esquemas conceptuales como una propuesta que posiblemente tenga más utilidad instrumental que solidez teórica, ya que aquí la Bioética queda concebida como mera aplicación en el campo de las ciencias de la vida de un saber ético ya constituido de antemano. Hay conciencia que los principios enunciados no agotan las categorías de valores, no son homogéneos en su vertebración, ni tienen límite siempre nítidamente demarcados. Tanto los autores principialistas como sus detractores reconocen estas limitaciones, pero es ampliamente aceptado que los cuatro principios son necesarios como instrumentos de análisis, como guías de acción – de un comité por ej- y como orientadores en la enseñanza de la bioética.
Ciertamente que el paradigma da por supuesta alguna teoría ética y los valores que la configuran, cuya validez se presupone. De lo que se trata es de aplicarlos en forma de principios a nuevos campos abiertos por las tecnologías de punta, campos a los que, para distinguirlos de la ética médica tradicional, se los denomina biomédicos. Hasta el momento el Principialismo es el paradigma bioético más difundido y el que ha logrado mayor nivel de sistematización. Este modelo tiene amplia aplicación en la práctica clínica en todo el mundo en el que se ha desarrollado la bioética. Sus resultados son muy positivos en lo que se refiere al respeto a la dignidad de la persona individual. Y por otro lado viene a legitimar casi toda la práctica deseada o consentida por el paciente, incluyendo la eutanasia y el aborto.
La moralidad propia de este modelo consiste en la observación de los principios y reglas mencionados, enunciados a partir de una reflexión sobre la tradición de la ética médica en particular y de la historia de la filosofía en general.
Tom Beauchamps y James Childress en Principles of Bio-medical Ethics proponen la existencia de cuatro principios morales para su aplicación en el campo de la investigación científica, la medicina y los cuidados de la salud, y en los cuales se fundamenten algunas reglas encaminadas a contribuir a la promoción de las relaciones entre los profesionales de la salud y los pacientes. Señalo a continuación dichos principios.
2.2.1. Principio de Autonomía
Afirma la capacidad que la persona tiene sobre su autodeterminación. Esto significa, en la práctica, dar valor y considerar las opiniones y elecciones de las personas así consideradas y abstenerse de obstaculizar sus acciones, a menos que éstas produzcan un claro perjuicio a otros (¿o a sí mismos?. Este es un tema aparte: “autonomía y daño”). Este concepto de autonomía, que establece el informe Belmont, no es equivalente al concepto kantiano de autolegislación, sino que dice relación con el consentimiento informado, es éste el que le da a una decisión su carácter de autonomía. Este principio exige el Consentimiento Informado y la regla de la veracidad.
2.2.2. Principio de Beneficencia
Enuncia la obligatoriedad del profesional de la salud y del investigador de promover, siempre y primariamente, el bien del paciente. El informe Belmont deja en claro el carácter de “obligatoriedad” de este principio, señalando que no se debe entender “como un acto de bondad o caridad que va más allá de la estricta obligación”. En este principio se basa la regla de confidencialidad
2.2.3. Principio de No maleficencia
Determina no infringir ningún tipo de daño, y extremar los posibles beneficios y minimizar los riesgos. De este principio proviene la regla de fidelidad
2.2.4. Principio de Justicia
Impone que todas las personas sean tratadas de igual manera, no obstante sus diferencias. El Informe Belmont habla de “la imparcialidad en la distribución de las cargas y beneficios” atendiendo a que “los iguales deben ser tratados igualitariamente”, esto desde la perspectiva de la experimentación con seres humanos. De este principio surge la regla de privacidad.
3. Cuestionamiento al Paradigma Principialista
3.1. Falta de fundamentación
Como señala D.Graciano hay un pronunciamiento claro y vigoroso por parte Beauchamp y Childress acerca de un sistema de referencia moral o canon referida al ser humano que sustente las formulaciones deontológicas de su propuesta. Vale decir el paradigma adolece del defecto de no sustentar su propia justificación porque carece de una ontología y una antropología que los justifique. Si toda opción ética requiere de una imagen del mundo y del ser humano, la bioética también y esto no aparece aportado por la bioética de los principios. No fundamenta una respuesta sobre el bien propio del ser humano, sino que busca normas que permitan convivir en una sociedad pluralista, con personas que no piensen lo mismo, y además, evitar el sumo mal. Todo lo cual es lícito y loable, pero no alcanza a dar razones sobre el auténtico bien del ser humano. De modo que si bien su gran ventaja es que le permite ser un referente en una sociedad pluralista, por otra parte, surge el gran inconveniente de la inconsistencia antropológica de la propuesta. Sólo una bioética sustentada en una ontología puede pretender ser normativa, ya que una ética o bioética adquiere su fuerza de la cosmovisión y de la antropología que la sustenta. Desde esa cosmovisión es posible hablar de preceptos que fundamentan el respeto a la vida y la libertad de la persona, por ej., de lo contrario se quedan en meros preceptos sin sentido. En este sentido la concepción de ser humano que se maneja en esta vertiente bioética deja qué desear puesto que tiende a mutilar dicho concepto al considerar fundamentalmente la capacidad de autodeterminación y de racionalidad, facultades que evidentemente no conforman la totalidad que es el ser humano.
La bioética es considerada aquí principalmente por la efectividad procedimental de su acción y en este sentido como una técnica que se desarrolla por reglas que establecen la acción moral en el campo clínico. Sus principios son sólo guías de acción y modos de control para revisar que una decisión bioética no haya ignorado algún valor importante. Los críticos de esta modalidad de la bioética la ven como una aplicación automática, como si por un lado se dispusiese de los principios para aplicarlos en cualquier campo sin que se modifiquen y con una cierta indiferencia en relación con las situaciones. Ciertamente que no se puede perder de vista que el campo de aplicación no sólo está constituido por una dimensión tecnocientífica sino también por relaciones humanas, visiones morales y convicciones personales, las cuales no pueden dejar de modificar a los principios en su aplicación. La bioética no es sólo ética aplicada, ni ética clínica, ni discurso interdisciplinario, es la tres cosas articuladas. En la etapa presente la Bioética Principialista podría llegar a confundirse con un simple sistema o código deontológico
Por otra parte se cuestiona el hecho que los principios presentan dificultades (incompatibilidad) porque pueden colisionar en su aplicación práctica, especialmente cuando el respeto por uno significa necesariamente desatender a otro. Aún cuando el principio de Autonomía parece, hasta el momento, recibir la preferencia de los autores, los principios no obedecen a ninguna disposición jerárquica y son todos válidos como prima facie, ocurriendo lo mismo con las reglas que de ellos se desprenden. En caso de conflicto entre principios –señalan B&CH- será la situación concreta y sus circunstancias quienes indicarán el que debe tener precedencia, por ello se ha sugerido enriquecer la descripción de la situación/caso en estudio o especificar las circunstancias con tanto detalle como fuese necesario para que fluya la decisión con más naturalidad.
La concepción de la bioética como mera aplicación de principios puede llevar a los profesionales de la salud a pensar que las decisiones morales que llevan a cabo en el ejercicio de su profesión son ajenas al propio agente o profesional que decide. La aplicación objetiva de ciertos principios teóricos no deja lugar al ethos personal del profesional, esto significa que no está involucrada su interioridad. Es decir no sería el profesional como ser humano, como realidad moral, personal e individual el que lleva a cabo las decisiones sino las leyes de la razón instrumental resueltas, en este caso, en principios. El concepto de responsabilidad personal, central en la ética, queda diluido en el comportamiento mecánico del sistema. De predominar este modelo, es imposible no pensar en la posibilidad de que la dimensión humana en la actividad médica se vea cada vez más oscurecida, ya que si en nombre de la objetividad se silencia también el significado personal del estar enfermo de manera de proceder sin conexión alguna con la totalidad de la vida de los actores intervinientes en la situación (profesional de la salud y enfermo), claramente el modelo resulta humanamente insatisfactorio. Si el profesional de la salud en tanto agente no atiende suficientemente a las consecuencias de sus actos o no se ve moralmente reflejado en su propia praxis profesional, entonces su moralidad no está directamente comprometida. Así visto, la vida moral del profesional se ve notablemente empobrecida ya que como agente moral con su moral personal, el tipo de persona que es, su rectitud profesional y el efecto de sus acciones morales sobre su propia persona, desaparece detrás de la aplicación de los principios objetivos, universales y abstractos.
II. BIOETICA PERSONALISTA. Modelo Personalista Ontológico de Elio Sgreccia
Como se conoce al menos tres maneras de entender el personalismo –relacional, hermenéutico, ontológico- debo señalar que mi trabajo se enmarca al interior de este último, el cual se fundamenta en el concepto de persona entendida como una unitotalidad de cuerpo y espíritu y en el deber de respeto a la vida humana desde la concepción hasta la muerte.
Se entiende como meta-bioética la disciplina que explica y da razón del fundamento ético de los valores y de los principios que orientan la conducta del ser humano en el momento en que interviene sobre la vida (Palazzi). Evidentemente que según sea el carácter de esta meta-bioética será el carácter de la bioética y de su aplicación práctica-operativa. Al respecto cabe reconocer que a la bioética personalista le asisten dos fuertes argumentos que por su índole podría decirse que constituyen una meta-bioética pues trascienden una mera respuesta moral a una comunidad concreta, y es en virtud de dichos argumentos que esta meta-bioética puede estimarse válida para médicos, profesionales de la salud y hombres de ciencia en cualquier ámbito de la tierra. La validez de tales argumentos descansa en que responde a los interrogantes eternos y más profundos de la vida humana, presentes en la tradición filosófica clásica y centradas en la gran pregunta central ¿qué es el hombre?, qué puede conocer (aspiración a la verdad) y qué puede esperar (aspiración a la “felicidad” o a la “vida eterna”).
Como ya habíamos esbozado anteriormente, para la bioética personalista es la persona, como realidad concreta y unitotalidad, el terreno firme en que ancla sus suposiciones. La persona y su dignidad intrínseca es el fundamento ontológico que la sustenta, así como la consideración del valor de la vida humana como bien primario y fundamental. La persona es un sujeto moral y sujeto de derechos y deberes, es un individuo respetado (moralmente) y tutelado (jurídicamente) y es lícito todo lo que no daña a la persona e ilícito todo lo que suprime o daña a la persona. La persona se toma como centro de todas las consideraciones bioéticas, valor supremo, punto de referencia, fin y no medio. Esto significa que no pertenece a la categoría de los bienes útiles o instrumentales, una persona vale más que una cosa y siempre que en la acción se posterga a una persona frente a una cosa, tal actuar es incorrecto. La dignidad fundamentada en la persona exige el máximo respeto y una efectiva tutela, en el terreno de la bioética, desde el momento de la concepción al de la muerte natural, y siempre que se muestre necesitada de ayuda. La bioética personalista cuenta con cuatro principios y detrás de cada uno de ellos subyace una ontología que los justifica: la persona humana, su valor y su dignidad.
La concepción ontológica personalista reinvindica para la discusión bioética una noción integral de la persona. Ella va mucho más allá de ser definida solamente como autoconciencia, obviando la corporeidad y la subjetividad global. Sostiene que no es posible desvincular a la persona de su propia corporeidad y que no se deviene persona solamente por haber alcanzado suficiente grado de autonomía, de competencia comunicativa o de actividad consciente como sostiene Engelhardth por ej. En tanto que persona, se presenta como una realidad integral, donde lo integrado es alma-cuerpo o espíritu y cuerpo, ambas dimensiones conformando una unidad sustancial. Occidente ha sido extremadamente cartesiano en este sentido, pero para la bioética personalista ya no se puede seguir sosteniendo que el cuerpo tiene menos valor que el alma, si el alma es considerada sagrada, entonces el cuerpo también queda elevado a nivel de sacralidad, y por lo tanto es digno, puesto que conforman una sola realidad.
3.3. La persona es un continuum
La persona es un Yo único que ha pasado por diversos estadios de desarrollo, tanto físico como psíquico y espiritual. Esos diversos estadios de desarrollo le han ocurrido a alguien, a ese substrato que subyace y permanece respecto de los cambios exteriores. A partir de este hecho cabe decir que la persona es un “continuum”, expresión que sirve para explicar que la persona es la misma desde el momento en que comienza a existir hasta el momento de su muerte: es la misma que ha pasado por un estado embrionario, fetal, bebé, es la mismo que ha ido a la sala cuna, que ha ido al colegio, que ha ido a la universidad, que ha trabajado como profesional, que se ha casado, que ha envejecido, que se ha enfermado y ha caído en estado de coma o que se ha enfermado de Altzheimer y ha perdido el sentido de la realidad.
A pesar de todos estos cambios visibles, hay una dimensión personal en cada ser humano -un continuum siempre idéntico a sí mismo- de carácter no sensible, que nos permite identificar a esa persona, reconocerla y nombrarla en las diversas etapas como la misma persona que es y, como tal, todas sus etapas son igualmente dignas de respeto, independiente del estado en que se encuentre, aún cuando no pueda pensar o comunicarse o antes de adquirir parcial o totalmente esas capacidades, como es el caso del feto. En ninguna de las etapas señaladas se es menos digna de respeto que otra. Esto vale para todo ser humano y desde luego para los pacientes que se encuentran especialmente necesitados. Engelhardt (para quien no es lo mismo persona que ser humano) afirma que no todos los seres humanos son personas, o no lo son siempre, en todos los períodos de la vida, porque se entiende que la persona es aquella realidad que es autoconciente, racional, capaz de comunicarse con los demás.
Es cierto que nos damos cuenta de que un ser es persona por esas manifestaciones –conscientes, racionales, sensibles- pero no es cierto que sólo si se dan esas manifestaciones se está ante una persona. Una cosa es que accedamos a la persona a través de las manifestaciones de su racionalidad, pero eso no significa que sean las manifestaciones mismas las que constituyen a la persona, se puede argumentar incluso que porque es persona es que dichas manifestaciones son posibles. No es su ejercicio o manifestación, entonces, lo que determina que sea persona, las manifestaciones son la “máscara” detrás de la cual está “personaje” o el “substrato” (ipostasis). De modo que desde la perspectiva personalista es falso decir que no hay persona cuando no se dan, todavía o ya, las manifestaciones de la personalidad. En esta perspectiva el criterio fundamental para reconocer a la persona humana, más allá de las manifestaciones de su personalidad, es la naturaleza propia de ese ser, en este caso la posesión de su naturaleza humana-racional aunque las potencialidades de esa naturaleza no se manifiesten todavía o temporalmente, de modo que es persona tanto en su ser como en su obrar y no pierde la dignidad propia de su naturaleza porque deje de obrar. Es esta la persona que desde el momento de la concepción hasta la muerte, en cualquier situación de sufrimiento o de salud, es punto de referencia y de medida entro lo lícito y lo ilícito en el proceder de la biomedicina.
3.4. Moral de primera persona y bioética de las virtudes
Según señala Manuel de Santiago, los países de la cuenca mediterránea tienden a conservar el esquema de las virtudes, preservando el estilo de concebir la ética más próxima a la tradición clásica y su binomio vicio-virtud, reivindicada por pensadores como MacIntyre, Finnis, Spaemann entre los más conocidos.
Me parece pertinente insertar la ética de la virtud dentro de la perspectiva personalista debido a que ella dice relación al bien moral integral de la persona, en este caso del paciente y del profesional, esto es, hace referencia a una instancia superior –el bien integral de la persona- extra médica, universal, que considera y a la vez trasciende la utilidad y eficacia del acto médico. La ética personalista, incluyendo dentro de ella la ética de las virtudes, puede reconocerse como una moral de primera persona. Esto significa que el profesional se involucra personalmente y desde su propio criterio moral en el acto que lleva a cabo, significa que está consciente del significado moral del acto médico en sí y de la responsabilidad personal que le cabe en él, lo cual constituye la moral de primera persona; una actitud que sin suprimir las normas va mucho más allá de ellas, en lenguaje aristotélico supone el ejercicio de la virtud personal.
Como ya habrá quedado claro, la condición de persona es el fundamento ontológico-real que sustenta y da validez a los principios teóricos de la bioética personalista, principios que operan como ayuda y guías de la acción y a tomar en consideración en cada decisión relativa a la relación con el paciente y en la investigación con seres humanos
4.1. Principio de respeto a la vida humana. El valor fundamental de la vida
El valor fundamental de la vida ordena la indisponibilidad y la sacralidad de la vida. El derecho a la vida es el primero de los derechos y el más fundamental, porque sin él todos los demás –incluida la libertad- son inexistentes. El respeto a la vida, así como su defensa y promoción, tanto la ajena como la propia, representan el imperativo ético más importante del ser humano, es un valor absoluto que hay que respetar siempre, es lo más sagrado que tenemos, la vida de cada cual es única, irrepetible, insustituible, inviolable. Tal respeto a la vida humana se entiende en todas sus etapas de manifestación, desde el momento de la concepción (fecundación) hasta el último instante (muerte cerebral total).
La relación que el ser humano establece sobre el mundo material-visible

Me interesa el artìculo completo. Sin embargo, éste ha sido amputado en el punto 4.1 (a lo menos faltan del 4.2 al 4.4) y las conclusiones. Gracias. Félix
la verdad a mi también me gustaría conocer más sobre los principios de Bioética Personalista. Es importante empaparse por completo de un tema de gran interés.
me parece exerlentes sus conclusiones respecto a esta ciencia pero me gustaria que apareciera contenidos propios de una etica teologica en la que de fundamentos ontologicos y antropologicos de tal manera que no se encasille a un espiritualismo sino que posea caracter de cientificidad.
Me parece muy bueno el trabajo y se nota que hay buena investigación, solo que el punto 3 se debe corregir el nombre de Diego Gracia que aparece como Diego Graciano, lo cual permite que haya un error evidente dando por afirmativo algo que Él está negando. Salud y paz y unidos en la iración.